miércoles, 15 de julio de 2009

PROGRAMA 359

Encender la radio… y al hacerlo encender la noche, dejar que fluya la música desde lo más profundo de los parlantes, recibirla de la mano de un mate, y así adentrarse de a poco en el revuelto de hoy…

Una tarde gris nos invade desde el interior y llama a los recuerdos, nos convoca a la reflexión e invita a nuevas miradas. Y entonces ayudados por una antigua y sabia fábula, la del escorpión y la rana, repensamos la naturaleza de lo que nos rodea, la del río que nos lleva, la del sistema que nos envuelve y nos inunda. El paralelismo, se deja entrever y Alejandro lo dibuja en el aire con sus palabras “El poder, ese grupo no tan grande de dirigentes y empresarios, parece ser que irremediablemente debe estar compuesto por escorpiones que responden a la naturaleza de ese poder: mantener los beneficios de los siempre beneficiados y tener más o menos calma a la mayoría excluida de esos beneficios, con alguna dádiva o reprimiendo”. Y es que es su naturaleza que a través de pequeños cambios y nuevos disfraces “asegura la continuidad de más o menos lo mismo, alguno más obsecuente, con ideas pro desigualdad y explotación. Otros más populares, con algunas ideas cercanas y compartidas, pero que no discuten la base del sistema impuesto durante la dictadura y en los noventa”, será como dice Alejandro que lo peor del sistema es eso, que se retroalimenta. (Ver Apertura)

Y así empezaba el revuelto 359, que nos reencontraba con pensamientos, ideas, y nos conectaba a través de buena música, mucha Agenda e historias para compartir.

Dicen por ahí que el tango cuenta historias… pero que éstas ya no existen en las esquinas de la ciudad… desde el Revuelto contradecimos esa hipótesis porque vemos que las historias están, sólo hay que saber escucharlas. El músico invitado de está noche fue Alfredo Tape Rubín, gran contador de historias, que vino con guitarra en mano, nos dio el lujo de escucharlo cantar y de charlar con él acerca de “el tango, que es una posibilidad infinita” donde hay tela para seguir contando historias, que probablemente sean las mismas lo que cambie sean las miradas sobre los paisajes, los colores y sabores.
Entre mates nos contó qué es lo necesario para poder crear un lenguaje propio en el tango, la necesidad de revisar el pasado, los clásicos, y por supuesto desembocamos en su disco nuevo “Lujo Total”. Nos relató el origen del título del disco y escuchamos algunas canciones en donde resuenan las Guitarras de Puente Alsina y en particular en “Calles” los ecos de algunas voces de la historia nacional (… algunos siniestros).
A la pregunta acerca de las fuentes de inspiración, de la necesidad de recorrer las calles de las que se habla en las canciones, recordó cuando recorría las milongas con grabador en mano para conocer la visión de las mujeres milongueras, de cómo sentían ellas el lugar que ocupaban dentro de una cultura predominantemente machista…risas de por medio, el músico reconoce que también había algo de conquista en ese recurso para incorporar elementos a sus letras. Y derivando de la charla y a pedido de Alejandro, el Tape Rubín volvió a afinar la guitarra para tocar un fragmento de “Regine”, pero hay que reconocer que nos quedamos con las ganas de escucharla entera…




Les dejamos la página del músico para que puedan visitarla http://www.alfredotaperubin.com.ar/ y aquí está la foto del encuentro compartido.



Frente a la ausencia de vino… mate con empanadas para esta noche de domingo… y sigue el revuelto con mensajes de oyentes y amigos. Desde FM Comunitaria San Pedro 95.5 de Santiago del Estero nos llega la buena noticia de que ya tienen instalada la antena satelital.





Seguimos con buena música, La Trunquera Trío, un bajo, percusión y voz, interpretando canciones del folklore nacional pero no todo folklore como por ejemplo la interpretación de “Durazno sangrando” que compartimos.



El adiós del Revuelto al guitarrista y compositor misionero Horacio Castillo, que no llegamos a conocer pero con el que podríamos haber compartido una mesa del Revuelto. Lo despedimos escuchando su canción “El cielo”... despedimos su guitarra, silenciada. Como decía el escritor García Lorca:

Empieza el llanto de la guitarra.
Se rompen las copas de la madrugada.
Empieza el llanto de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible callarla
Llora monótona como llora el agua,
como llora el viento sobre la nevada.
Es imposible callarla.
Llora por cosas lejanas


Nos introducimos en FM En Tránsito, una de las radios Revueltas, que cumple 22 años de transmisión ininterrumpida, un claro ejemplo de que otra comunicación es posible. Pudimos charlar con Facundo Acuña acerca de la historia la radio, de la organización cooperativa, de los proyectos que tiene la emisora, de su compromiso con la Federación de Cooperadoras Escolares, de la situación del Municipio, etc. Compartiendo experiencias desde un micrófono amigo, tendiendo puentes.

Cerramos el Revuelto del día con un cuento de Cristián Mitelman que es de una realidad y crudeza penetrante, titulado “Algo que se parece al viento”.

Completo el plato radial de este domingo 12 de Julio, los invitamos a comunicarse con nosotros a través de éste blog con sus comentarios, o mandando mail a contacto@revueltoderadio.com.ar, pueden también bajarse el programa en http://www.revueltoderadio.com.ar/ y además ver otros contenidos como videos y el disco “Abremente” homenaje a Spinetta grabado por distintos artistas.

Los esperamos el próximo domingo,
Revuelto Gramajo.

Tarde Gris

El escorpión y la rana es una fábula que algunos atribuyen a Esopo. Y está bien poner en duda su autoría ya que incluso la mismísima existencia de Esopo, allá por el 600 antes de Cristo, es algo de lo que muchos, aún hoy, ponen en duda. La fábula, más que conocida, cuenta del escorpión que le pide a la rana ayuda para cruzar el río, prometiendo obviamente no picarla, ya que ambos se hundirían. A mitad del trayecto, el escorpión pica a la rana y ésta sin entender por qué lo hacía, ya que iban a morir los dos, recibe como respuesta del escorpión que no tenía más alternativa que debía picarla porque respondía a su naturaleza.

En una tarde gris, usando este adjetivo no para describir el estado del clima sino más bien el clima interior que a veces te invade. En lo gris de una tarde, pienso si será naturaleza del sistema sostener la exclusión, hacer más ricos a los ricos, mantener a raya a los pobres y entretener con tele y consumo a una clase media que sólo desespera si le tocan la propiedad. Será naturaleza del poder congregar tipos que debieran estar en el escritorio de un despacho judicial rindiendo cuenta de sus historias.

El poder, ese grupo no tan grande de dirigentes y empresarios, parece ser que irremediablemente debe estar compuesto por escorpiones que responden a la naturaleza de ese poder: mantener los beneficios de los siempre beneficiados y tener más o menos calma a la mayoría excluida de esos beneficios, con alguna dádiva o reprimiendo.

Lo peor es que el sistema se retroalimenta de tal modo, que asegura la continuidad de más o menos lo mismo, alguno más obsecuente, con ideas pro desigualdad y explotación. Otros más populares, con algunas ideas cercanas y compartidas, pero que no discuten la base del sistema impuesto durante la dictadura y en los noventa.

Por suerte, hay construcciones políticas que van tomando forma con humildad y perseverancia, hay construcciones sociales, tipos y tipas que se juntan para enfrentar al poder que quiere sus tierras, que quiere el agua, que no le importa la vida.

Pero venimos de los días en que conocimos el recambio del gobierno, los que apoyaban, los que apoyan, los que se proponen como el cambio y los salvadores que vuelven a salvarnos…

Si la piedra cae sobre el huevo, mala suerte para el huevo. Pero si el huevo cae sobre la piedra… mala suerte para el huevo. Siempre mala suerte. Ahora entiendo porque tuve una tarde gris.


Domingo 12 de Julio de 2009

"Algo que se parece al viento", Cristian Mitelman

“Cruzando La avenida la cosa es diferente”, piensa Matilde mientras se interna enana calle de veredas rotas. Algo de razón tiene: de un lado está el barrio; del otro, el comienzo de la periferia. La villa casi inminente.

Los fragmentos del vidrio entre el pasto quieren duplicar la escasa luz de la mañana. Del río viene un olor a lluvia, tal vez la sudestada no tarde mucho.

Habrá que hacer rápido, porque el agua enseguida crece, se desboca del alcantarillado, arrastra las hojas muertas, los troncos. Alguien ha dicho que en tales circunstancias hay que saber esquivar los cuerpos de las ratas que se ahogaron. Es probable; el potrero está cerca.

Reconoce la pared despintada. El número de la casa está casi borrado. Toca el timbre; nadie atiende. (Sabe que nadie va a atender). Mueve el picaporte; la puerta está abierta. Sorprendida por el coraje, se decide a entrar.

Hay algo helado en la habitación. Matilde no puede definir si es la mancha de humedad que parece una flor moribunda o la presencia de la garrafa sobre el piso.

En la cama a medio hacer reconoce la colcha que le regaló a Irma dos o tres meses atrás, poco antes de que comenzara el invierno.

“Para que te protejas”, le había dicho, “dicen que viene una ola de frío del sur”. Matilde se había sentido entonces complacida, “porque entre todos tenemos que ayudarnos, así que si te parece bien cinco pesos la hora, venís a limpiar los lunes, miércoles y viernes”.

La muchacha supo presentarse puntualmente a las ocho. Tenía ganas de hacer bien las cosas; además, era muy juiciosa. Para Matilde esto equivalía a hablar poco y vestirse con alguna pulcritud.

Una pava ennegrecida, un platito con un poco de pan, algunas monedas de diez centavos desparramadas por ahí. A unos pasos, la ventana con un quiebre por donde entra el viento. Pronto lloverá.

Tiene que decirle un par de cosas. Tiene que decirle que ella es compresiva, que si le devuelve las joyas no la va a denunciar, aunque íntimamente no deja de pensar que a esta negrada vos la ayudás y te paga así, quitándote lo único que tenés. “En el fondo son como las fieras, no se los puede domesticar”.

De la otra habitación llega un ruido. Matilde no desea entrar, pero se ve obligada porque nadie parece darse cuenta de que ha llegado.

Echa un vistazo y comprende que es el cuarto de la nena. A esa hora ya la habrán llevado al jardín de infantes.

Irma está reclinada. Se cubre la cara.

- Vine a verte. Me desaparecieron unos anillos que había heredado de mi mamá. Están enchapados en oro, no sé si valen mucho, pero para mí son importantes.

Irma tiene la cara tapada.

- Hablá. No te hagás problema; no te voy a traer a la policía.

Ahora Irma la mira de frente. Un rostro golpeado; debajo del ojo derecho el moretón comienza a coagularse; en los labios hinchados hay el resabio de algo antiguo, visceral.

- Yo no quise decirle nada, él me obligó señora, yo no quise…- comienza a repetir la mujer como si esas palabras fueran las únicas del universo.

Matilde no sabe qué hacer. Está en una habitación donde pareciera que se unen todas las corrientes de aire. Y, además, ha comenzado a llover sobre las chapas.





Domingo 12 de Julio de 2009


miércoles, 8 de julio de 2009

Otro Junio sin justicia

Esa sensación de que lo que va a pasar, pasó hace tanto. Será titular en diarios, comentario en ronda de amigos, noticiero. Será, y ya lo fue. Será comentario del especialista en todo, que nunca experimentó nada. Noticia y olvido, y otra vez noticia. Sentir que lo que va a pasar, pasó hace rato. Pero cuanto más fuertes, eternas y dolorosas son las marcas cuando lo que pasa, nos pasa.

Lo que pasó el 26 de Junio pasado en el Puente Pueyrredón fue el encuentro de quienes pasan por su cuerpo y sienten propia la injusticia y la impunidad que nos pasa todos los días. Y sienten fuerte la muerte del compañero. Lo que paso el 26 pasado, paso un Junio hace siete años. A los energúmenos que solo ven un problema de tránsito, a los que les molesta que los negados del sistema tomen la calle, recordarles que Maximiliano Kosteki y Dario Santillán fueron asesinados, son asesinados cada día que sigue sin justicia.

Cómo habrá sido ese día, que empezaba como otros. Cómo es esto de salir de casa un día de crudo invierno, salir con la tristeza de lo que pasa y con la esperanza de la lucha. Cómo es que unos tipos mandan matar desde un escritorio, cómo es que un tipo mata.

Es un tema de seis minutos, es lo que dicen que no debiera abrir un programa de radio. Y sin embargo te pido que subas el volumen, que dejes lo que estés haciendo y sientas cada palabra, cada nota del piano que acompaña. Habla uno de los que se fueron ese día que pasó, y que nos sigue pasando.

"Junio", de Jorge Fandermole
Lo que va a pasar hoy pasó hace tanto
me desperté diciendo esta mañana,
no vi las predicciones del espanto
que le arrancaba al sueño mi palabra.
En este invierno que pega tan duro
está lejos tu boca que me ama
y se me desdibuja en el futuro,
y junio me arde rojo aquí en la espalda.
En este invierno atroz no hay escenario
más duro que esta calle de llovizna;
cada uno sigue en ella su calvario
pero la cruz de todos es la misma.
Salí con las razones de la fiebre
y una tristeza absurda como el hambre,
y cuando en el corazón la sangre hierve
es de esperar que se derrame sangre.
Me llamo con el nombre que me dieron,
el que tomó la crónica del día;
soy uno de los dos que ya partieron,
los dos en un montón que resistían.
Hermano en la delgada línea roja
que te me fuiste dos minutos antes
con la indiscreta muerte que en tu boca
entraba en cada casa con tu imagen.
Yo estaba junto a vos sobre tu grito
besándote feroz la indigna muerte
mientras te ibas volando al infinito
fulgor de la mañana indiferente...
Yo sé que el corazón que está latiendo
en cada uno es una senda pedregosa,
cuando en el suelo sucio me estoy yendo,
ajeno y solo de todas las cosas.
Si yo salí por mí y salí por todos
cómo es que ahora no hay nadie aquí a mi lado
que me retenga la luz en los ojos,
que contenga este río colorado.
El corazón del hombre es una senda
más áspera que la piedra desnuda;
mi extenso corazón es una ofrenda
que pierde sangre en esta calle cruda.
Yo tengo un nombre rojo de piquete
y un apellido muerto de veinte años,
y encima las miradas insolentes
de los perros oscuros del cadalso.
Yo no llevaba un arma entre las manos
sino en el franco pecho dolorido,
y el pecho es lo que me vieron armado
y en el corazón todos los peligros.
La mano que me mata no me llega
ni al límite más bajo de mi hombría
aunque me arrastren rojo en las veredas
con una flor abierta a sangre fría.
Hoy necesito un canto piquetero
que me devuelva la voz silenciada,
que me abra por la noche algún sendero
pa' que vuelva mi vida enamorada...



Domingo 5 de Julio de 2009

"Todo puede suceder", Pablo Ramos

Es la tarde del segundo día del zapato en mi casa. Siempre en el mismo lugar, ahora seco y endurecido por el calor de la cocina. Vuelvo a mirarlo de cerca, a olerlo. El soquete cuelga en el lavadero, limpio y húmedo, junto a la ropa recién lavada. Estoy descalzo, parado sobre el piso de mosaico. Me siento sobre la mesada, desato el nudo y retiro el cordón. Luego intento calzarme el zapato. Me resulta imposible, es demasiado pequeño para mi pie. Igual me lo dejo, me bajo de la mesada y camino así, con el zapato a medio calzar. La altura despareja y la presión en los dedos me imponen un paso torpe, aparatoso. Hacen que balancee la cadera como una anciana renga.

Es ahí que lo veo: un papelito rosa tirado en el piso de la cocina. Lo levanto y noto que está doblado. También está escrito: J. A. García 1249, dice. Es una dirección, a pocas cuadras de mi casa.

Resulta evidente que el papelito estaba adentro del zapato ¿Pero a quién se le puede ocurrir poner una dirección en el zapato como si fuera una agenda o algo parecido? ¿Será una broma que espera ser completada con la correspondiente entrega a domicilio? ¿O será que esta mujer, más loca que una cabra, le puso una etiqueta con su dirección al zapato izquierdo simplemente porque sí? Lo despliego y compruebo que adentro también está escrito. Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos, dice. La frase no tiene firma, y la letra (estoy seguro) no es de la misma mano que anotó la dirección. La frase tampoco tiene sentido, así, suelta, escrita en un papel que hasta hace minutos estaba adentro de un zapato.

No puedo imaginar por qué, pero estoy en la calle. Llevando el zapato con el soquete adentro de una bolsa de plástico. Camino apurado. La llovizna amenaza ser lluvia torrencial en cualquier momento.

Llego al lugar y resulta ser un local abandonado: una cortina de enrollar de varillas de hierro, forjada en rombos, cancela el paso. Detrás de la cortina, una puerta vaivén destrozada, dos vidrieras rotas y pintadas con cal y un agujero en la pared del fondo por donde entra algo de luz. Una especie de imprenta vieja se puede ver en el centro. No hay timbre ni nadie a la vista que pueda oírlo. No golpeo. Meto la bolsa por uno de los rombos de la cortina de enrollar y la tiro con fuerza, tratando de embocarla en el agujero de un vidrio roto. El soquete se sale y cae adentro, la bolsa se engancha y queda colgando.

Ahora llueve. Miro por última vez la bolsa con el zapato adentro y empiezo a caminar. Me concentro en las veredas, en el color de las baldosas. Un malestar inexplicable me aplasta la boca del estómago. Me detengo, pego la vuelta y camino hacia al local. Miro la bolsa de plástico colgando del vértice del vidrio roto, el zapato está adentro, demasiado pequeño para mi pie. Busco algo con qué alcanzar la bolsa: una rama, un pedazo de madera. Encuentro un cartón duro y lo retuerzo. Meto el cartón y todo el brazo por uno de los rombos de la cortina pero apenas puedo llegar al vidrio. No sé si quiero pescar el zapato o tirarlo para adentro. Le doy golpes al vidrio con la punta del cartón, que se dobla como si fuera de manteca.

¿Qué puedo hacer ahora? Está lloviendo a cántaros. Puedo buscar una piedra. Busco una piedra. Estoy nervioso, tengo miedo de que alguien me vea. ¿Qué podrían pensar? ¿Qué podría decir? ¿No ve, señor, que estoy devolviendo un zapato? Tiro la piedra, el vidrio estalla y la bolsa cae del otro lado. Entonces me voy, primero animado, después con la sensación de ser un estúpido, de haberme mojado de gusto.

Estoy nuevamente en casa, tomando mate, con una toalla al cuello, mirando por la ventana del balcón. La lluvia ahora se deja oír con fuerza. Parece que el viento se va a llevar la avenida. El zapato no está y es una ausencia extraña. Todo puede suceder y vamos a estar siempre felices y queriéndonos, digo, y escucho la lluvia que, como el perfume de alguien querido y ausente, invade la noche.

Domingo 5 de Julio de 2009