domingo, 17 de octubre de 2010
"El polvo a la mitad", Jesús Díaz
Habíamos cerrado los cristales, pero el polvo cubría los asientos. No hablábamos, pero nos abrasaba las gargantas. Hacía rato que ni los animales ni los campos tenían color, sólo el polvo.
Hacía rato también que el terraplén no se distinguía del resto del campo. El campo todo era un inmenso terraplén con una persistente nube de polvo que no acaba de ascender; se mantenía fija, larga, pegada al camino y a todo cuanto pasaba por el camino que era todo lo que había allí, porque todo era igual, todo terraplén, y todo el terraplén era polvo.
Lo otro era el sol. Un sol sin centro ni rayos, un sol esparcido, un sol solo calor. Calor, aquel sol no poseía otro atributo. Lo demás éramos nosotros.
Intenté mirar la hora para saber el tiempo que nos faltaba de camino, y el tiempo que llevábamos por aquel terraplén, pero la esfera del reloj estaba cubierta de polvo, y aunque se trataba de polvo seco no logré limpiarla. Nada me ayudaba a orientarme. El sol había desaparecido del cielo para reaparecer en todos los lados, quemante. El aire había quedado fijo en medio del polvo, opaco. Delante del auto quizás quince o veinte metros de polvo cobraba forma, se hacía oscuro, compacto. La presencia que comenzaba a concretarse en la nube avanzó. Detuve el auto.
—Siglos no pasaba nadie por aquí —dijo.
Fue una voz terrosa, árida. La forma, al avanzar, fue haciéndose humana. No cabía duda, era un hombre, polvoriento, pero hombre... Alejé mis vagas sospechas al mirarme y mirar a mi mujer, teníamos su mismo aspecto. Entretanto él había subido y yo continué la marcha.
—Siglos llevaba esperando —dijo al rato.
La voz me inquietó. Fue otra vez terrosa y otra vez árida y otra vez cansada y otra vez vieja, como chirrido de bisagra de una puerta cien años sin abrirse.
Miré a mi mujer, pero ella ni siquiera volvió la cabeza. Él regresó a su silencio. Las horas que siguieron me parecieron siglos. Entonces creí entender lo que el hombre había dicho. Siglos después el polvo volvió a hacerse compacto, pero en muchas direcciones. Sólo frente al auto era más claro. A los costados la nube bosquejaba estructuras, descubría formas. Formas de casuchas desvaídas, anaqueles polvorientos en polvorientas bodegas, perros trashumantes, escuela. Aquello era, o debía ser, o debía haber sido, un pueblo.
—Fray Benito.
Dijo la voz terrosa respondiéndome. Quise mirar atrás, mas no fue necesario. El hombre estaba ahora sobre el polvo, al lado del auto.
—Mire —señaló una iglesia estremecida—, ahí bautizaron a Batista, no queda nada, ni yo —dijo.
Se esfumó entre la nube, luego esta se movió por primera vez, arremolinándose alrededor de la iglesia hasta taparla. Arranqué sin esperar a ver más.
—Qué tipo raro —dije a mi mujer.
—¿Cuál tipo? —me preguntó.
—El que se quedó en aquel...
Pero no había pueblo. Sólo una nube fija larga, pegada al camino.
—Creo que el polvo te volvió loco —me dijo.
Intenté responderle, pero no pude porque la lengua se me fue deshaciendo mientras sentía un sabor árido en la boca, y una corriente terrosa en las venas.
domingo, 3 de octubre de 2010
El todo es mas que la suma de sus partes
Precisamente, el cambio de algunas partes en nuestra vida, alteran ese todo, a veces de manera predecible porque cambian profundamente esas partes. Pero puede pasar que cambios que no consideramos importantes, que casi ni percibimos, provoquen un todo nuevo y muy diferente.
¿A dónde voy? A que comprobamos cotidianamente que algunas partes no cambian, son predecibles, casi inalterables. Pero por suerte, el todo es distinto, inédito. Se hace también con otras partes.
Los cuarteles y los que se benefician con ellos no cambian. Ecuador vio en estos días amenazada su institucionalidad, Latinoamérica toda fue amenazada una vez más. Y la amenaza salió de un cuartel.
De cuarteles, nosotros sabemos mucho. Sabemos quienes solían ir a golpear sus puertas, quienes salieron de allí, que pasó dentro de ellos… también sabemos, o vamos conociendo, quienes son parte de una nostalgia que esconden.
Esta semana tuvo media sanción en el Senado el proyecto de Servicio Cívico Voluntario. Sabés de que se trata?
La idea es ayudar a los pibes pobres metiéndolos en un cuartel, para enseñarles oficios. Hay que “educarlos” antes de que roben y maten. Proyecto que impulsa el radicalismo y parte del peronismo, con media sanción en senadores. Te preguntaste cuantos tipitos te podes cruzar en el almacén, el trabajo o en reunión de amigos, que puedan ver positiva esta idea macabra de que el cuartel, y no la escuela, eduque a los pobres, para asegurarnos que no estén en las calles.
Hay partes que no cambian... pero están dentro de un todo distinto. Sepan los nostálgicos del cuartel que muchos nos reconocemos en el deseo de mayor libertad, en el sueño de librar la batalla cultural que nos haga mejores personas.
Nos encontramos hace tiempo cebando un mate, descorchando un vino, proponiendo palabras con música y sonidos que hablan. Intentando un todo que sea más que la suma de sus partes. Y la clave no está en lo que se mantiene, está en lo que vamos intentando cambiar.
"Más bonita que Georgina", Antonio Mora Vélez
domingo, 19 de septiembre de 2010
Juventud. Divino tesoro.
"El albañil de Valtellina", Gianni Rodari
Cierto día, casi anochecido, mientras llenaba los cimientos de un nuevo edificio, se desprendió uno de los andamios y Mario cayó, hundiéndose en el cemento armado. Murió sin que nadie conociera su trágico final.
Estaba muerto y no notaba dolor alguno. Había quedado encerrado entre los pilares de la casa en construcción, pero pensaba y oía igual que antes. Cuando se acostumbro a la nueva situación logró incluso abrir los ojos y ver la casa que crecía a su alrededor. Era exactamente como si él sostuviera el peso del nuevo edificio, y esto le compensaba la tristeza de no poder mandar noticias a su casa ni a su pobre novia.
El edificio creció hasta el techo, las puertas y las ventanas fueron colocadas en su lugar, los pisos fueron vendidos y comprados, y llenos de muebles, y por último vinieron numerosas familias a vivir en ellos. Mario las conoció a todas, desde los mayores hasta los pequeños. Cuando los niños gateaban por el suelo, aprendiendo sus primeros pasos, le hacían cosquillas en las manos. Cuando las muchachas salían al balcón o se asomaban por la ventana para ver pasar a sus enamorados, Mario notaba en sus propias mejillas el suave arrullo de sus rubios cabellos. Al atardecer oía las conversaciones de las familias reunidas en torno a la mesa; por la noche oía toser a los enfermos, y antes del amanecer, el trino del despertador de un panadero, que era el primero en levantarse. La vida de la casa era la vida de Mario; las alegrías de la casa, piso por piso, y sus dolores, habitación por habitación, eran sus alegrías y sus dolores.
Pero un día estalló la guerra y comenzaron los bombardeos sobre la ciudad.
Una bomba cayó sobre la casa y ésta se derrumbó. Sólo quedó un montón de escombros, de muebles destrozados, de trastos aplastados, bajo los cuales dormían para siempre mujeres y niños que habían sido sorprendidos en su sueño.
Sólo entonces murió de verdad Mario, porque había muerto la casa que naciera de su sacrificio.