domingo, 21 de marzo de 2010

"La balada del Álamo Carolina", Haroldo Conti

Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo.

Este álamo Carolina nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo Carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y éste creció solo, asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos.


Y él creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso, lo supo recién al año siguiente cuando los pastos quedaron todavía más abajo y detrás de los pastos vio un alambrado y detrás del alambrado vio el camino, que es una especie de árbol recostado sobre la tierra con una rama aquí y otra allá, igual de secas y rugosas en el invierno y que florecen en las puntas para el verano, pues todas rematan en un mechoncito de árboles verdaderos.

Por ahí andan los hombres y el loco viento empujando nubes de polvo.

También ya sabía para entonces lo que era una rama porque, después de las lluvias de agosto, sintió que su cuerpo se hinchaba en efecto aquí y allá y una parte de él se quedó ahí, no siguió más arriba, torció a un lado y creció sobre la tierra de costado igual que el camino.

Ahora es un viejo álamo Carolina porque han pasado doce veranos, por lo menos, si no lleva mal la cuenta. Ahora crece más despacio, casi no crece.

En primavera echa las hojas en el mismo sitio que estuvieron el otro verano y por arriba brotan unas crestitas de un verde más encarnado que al caer el sol se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz del verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo.

De alguna manera ya estaba así hace doce veranos cuando asomó sobre la tierra y crecer no fue nada más que como pensarse. Sólo que ahora recuerda todo eso, se piensa para atrás, y no nace otro árbol. En eso consiste la vejez. Verde memoria.

Un terremoto no hace daño, sino que muestra los daños

Acá estamos, lentamente disponiendo ingredientes que nos juntan otra vez en torno a la rueda de un mate. Pasó un tiempo largo desde la última cebada y siempre emociona el hecho de tener un lugar como fm la tribu para juntarnos. Y que este lugar sea en Jujuy y Ushuaia, pasando por Córdoba, El Bolsón, La Plata, San Luis, Azul, Quilmes, Castelar, José C Paz, Santiago del Estero, Mendoza, Santa Fe, por nombrarte algunos lugares, y apresurarme a pedir disculpas por no mencionar otros donde emisoras amigas abren sus puertas a este intento de programa de radio.

Hermosa cercanía en la distancia. Sueños y sonidos que nos juntan. Sensaciones que que quiero compartir en este revuelto.

El 27 de febrero los hermanos chilenos eran sacudidos por uno de los terremotos más fuertes de la historia. La tierra daba muestra de su poder descargando energía equivalente a 100 mil bombas atómicas como la de Hiroshima. Todo fue angustia por el desastre y las ausencias.
El amigo, el hermano, mamà o papà, el hijo… ausencia que duele, y como nunca la necesidad, dura necesidad, de levantarse y seguir.

Allí en Valparaíso nos escribimos con los amigos de Radio Placeres que desde su página en Internet dan su mirada sobre la situación que están pasando. En la calma quebradiza de Valparaíso, el amigo Felipe Montalva, documentalista y uno de los realizadores del video de nuestro programa, me da cuenta del desastre y me asesta algunos pensamientos que instan a la reflexión y comparto: Cuenta Montalva que hay un terremoto simbólico, el que evidencia las fisuras profundas de una sociedad. Terremoto que no daña, muestra el daño.

A partir de un hecho tan dramático como inesperado, se revelan las fallas estructurales de una sociedad autosatisfecha, exitosa hacia el exterior y en contraste, profundamente enferma hacia adentro.

Negociados inmobiliarios que no tuvieron en cuenta la obligatoria prevención que se debe tener en las construcciones, descoordinación estatal, militarización, el dar cuenta a partir de los saqueos de una sociedad tremendamente desigual que esconde y reprime a los expulsados del sistema.




El amigo percibe que en los últimos años, Chile ha cambiado y no ha sido para bien. no sólo se trata de los contrastes sociales visibles sino de modificaciones en la forma de ser y en la forma del deseo. No sólo es la publicidad de los grandes comercios, las marcas transnacionales y su machacante convocatoria al consumo, también es un sistema mediático que derrocha horas de televisión y prensa en levantar figuritas rebosantes de frivolidad y exito.

la enfermedad se llama éxito.
el virus se llama capitalismo neoliberal.
la infección es social y se manifiesta en ignorancia, individualismo y pérdida de vínculos.

Me pregunto si Felipe me habla de Chile. Si habla solo de un país, del mundo o de un barrio o una familia. La enfermedad es grave pero no terminal. En Chile como en tantos lugares, la organización popular buscando cambiar el rumbo dice que nada está perdido.

Es cuestión de encontrarnos, sentir el cambio y saber que se puede de a poco y cada día. Encontrarnos a lo mejor en un programa de radio, o a la vuelta de la esquina.

domingo, 14 de marzo de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de nostalgia.


“...la válida, la única nostalgia, es de tu piel.” (Mario Benedetti)


Narrador invitado: Diego Ripoll


Los sonidos que pasaron:

Nostalgias santiagueñas / Cuarto Elemento
Largo Horizonte / Juan Falú y Marcelo Moguilevsky
Tarde de invierno / Juarez - Homer Cuarteto
La nostalgiosa / Liliana Herrero
La noche que te fuiste / Malena Muyala
Ña Poli o la pureza de la gente como Ud. / Proyecto Sanluca
Zamba Nº4 en Mi Menor / Patricia Lamberti
Persistente canción de la memoria / Mono Fontana
El día que me quieras / Michel Camilo y Tomatito
Sodade / Cesaria Evora
Frevo de Saudade / Ceu & 3 Na Massa
2 de septiembre / Ricardo Nole
La llorona / Kocani Orkestar
La Pomeña / Pedro Aznar
Saudade da black rio / VID
Requiem / Pablo Tozzi
Nostalgias / Eva Ayllón
Fuimos / El Terceto

Las palabras que pasaron:

“La casa árbol”, Elsa Bornemann
“Antes yo era”, Luis Britto
“Sur”, Homero Manzi


“La casa árbol”, Elsa Bornemann

La casa en la que mis dos hermanos y yo crecimos era lo más parecido a un árbol que puedan imaginarse. Para ser sincera, debo decirles que ERA un árbol. La construyó papá, elevándola sobre sólidas raíces, colocando con esmero rama por rama, pegándole hoja tras hoja durante el último mes de cierta primavera.
Cuando la tuvo lista, los comentarios de nuestros vecinos agitaron su follaje de tal modo que – por varios días – no nos fue posible habitarla: una tormenta de murmuraciones la doblaba en extrañas reverencias.
- ¿pero qué ha hecho, don Carlos? ¡No es una casa! ¡Qué disparate! ¡Es un árbol!
Papá sonreía en silencio. Sus ojos, hermosos caleidoscopios, pasaron de celestes a grises, de grises a violetas, de violetas a verdes.
Bien verdes. Como nuestra casa-árbol.
-¡la más bella!-aseguró papá por lo bajo.
Y nos invitó a contemplarla hasta que llegó la noche. Entonces, la ocupamos felices. No fue necesario contratar servicios de ninguna empresa de mudanzas para transportar nuestras pertenencias. Teníamos tan pocas cosas…
Una campana, que papá cargó en sus brazos como a una niña desmayada…
Un farol, con su lucecita protegida por mamá…
Un largísimo chal blanco, que mi hermana Trudi enrollaba cantando…
La flauta de alejo y tres o cuatro libros de versos, sujetos entre mi cinturón y el flaco contorno de mi cadera.
Muy pronto aprendimos a trepar hasta la copa, saltando de rama en rama con suma facilidad, sin rasgar las leves cortinas que las arañas nos tejieron de inmediato, descendiendo cada vez que la campana nos anunciaba la hora de comer y de repartir frutas y flores con gorriones vecinos.
Y la casa-árbol siguió subiendo y subiendo, sin importarle su falta de techo y cerraduras, abierta al aire de cada día…
Allí pasé mi infancia.
Hasta que una noche se secaron las raíces de nuestra casa o se durmieron… vaya a saber por qué sí o por qué no… El invierno nos desalojó y tuvimos que irnos.
Mis padres y mis hermanos se fueron acostumbrando a vivir, como todos los demás, en resistentes casas de ladrillos, en graciosos chalets o en confortables departamentos, donde el aire ondula al impulso de un acondicionador y los mosquitos son puntos que tiemblan del otro lado de los cristales. Pero yo no pude. La mirada se me perdió entre las ramas de nuestra querida casa, las risas se me volaron con sus hojas y ya no pude olvidar que crecí en un árbol.
La gente no lo nota. Ni cuando, en vez de hablar, suelto un gorjeo a los que me escuchan… Ni cuando mi afónico chillido reemplaza alguna carcajada… Ni cuando se me caen plumas en vez de lágrimas…
Ninguno se asombra.
Nadie sabe que soy un pájaro.


“Antes yo era”, Luis Britto García

Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces –no siempre- tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer el miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando sólo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros. Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mi construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos me dirigieron me asimilaron me absorbieron golosamente, secamente, y yo sólo trataba con polillas.
Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen: tenía acceso a los colores, a los olores. Así, en parcos vocablos se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia, son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo que era un ser humano, concluyo aquí, ahora. Ahora, no soy sensaciones, no soy ya emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.


“Sur”, Homero Manzi

San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre florando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur,
paredón y después...
Sur,
una luz de almacén...
Ya nunca me verás como me vieras,
recostado en la vidriera
y esperándote.
Ya nunca alumbraré con las estrellas
nuestra marcha sin querellas
por las noches de Pompeya...
Las calles y las lunas suburbanas,
y mi amor y tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé...

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,
Pompeya y al llegar al terraplén,
tus veinte años temblando de cariño
bajo el beso que entonces te robé.
Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó
pesadumbre de barrios que han cambiado
y amargura del sueño que murió.


Gracias por ser parte

domingo, 7 de marzo de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de revolución.


“Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime.” (Bertolt Brecht)


Narradora invitada: Patricia Barone


Los sonidos que pasaron:

Revoluçoes de Fausto / Fernando Sodre
Milonga del peón de campo / Chango Farías Gomez
Hasta Siempre / El Terceto
Libertango / Esteban Morgado
Sueñero / Jorge Fandermole
La Partida / Malosetti - Goldman
19y20-12-2001 / Topo encinar
Revolution / The Congos
Somos la revolución / Ska P
Extranjero en propio pago / Willy Gonzalez Cuarteto
El quinto regimiento / Rolando Alarcón
Bola Suriana a Emiliano Zapata / Amparo Ochoa
Bella Ciao / Leny Escudero
Chacarera del exilio Rally Barrionuevo
Historia de Mate Cocido / A. Abonizio y S. Sainz
Huracán / Pedro Aznar
Juan - Atahuala Yupanqui
La murga de los sonambulos / Gustavo Mozzi
Olor a goma quemada / Rafael Amor


Las palabras que pasaron:

“Oda a la pacificación”, Mario Benedetti
“Poema para un perro”, Camilo Blajaquis
“Sudamérica”, Jaime Dávalos
“De cara al sol”, José Arreola


“Oda a la pacificación”, Mario Benedetti


No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados
cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro
es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento
en realidad somos un país tan peculiar
que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.


“Poema para un perro”, Camilo Blajaquis

Hay en mi una lágrima, es por sus lágrimas.
Hay en mí una esperanza, fue su esperanza.
que secuestraron, que torturaron, que mataron
que tiraron al mar.
y que las olas trajeron moribundas pero vivas.
En mi sangre no hay descendencia revolucionaria
pero mi sangre rabalsa de revolución,
mi revolución no quiere sangre, no tiene enemigos,
me hace feliz, me la regalaron las olas.
Sabe Ud, que nunca estuvo tan cerca
de verle el rostro a la utopía.
Eso no me resigna, eso me hace mas guerrero.
Ni peros ni porques, buscar nuevas armas
(pero que no lastimen)
Pueden haber talado el árbol
masacrar sus ramas, triturar sus tronco
dejar agonizando sus hojas,
pueden haber quemado hasta sus raíces,
pero todavía está la tierra
donde puede crecer nuevamente.
¿Sabe cuáles nuestra mejor coincidencia?
Que nuestras manos gatillaron armas
(Ud por un sueño y yo por unas zapatillas)
Pero hoy escriben
El plomo se hizo tinta que siente, que sueña
Hay en mi una lágrima, es por sus lagrimas
Hagamos del lamento nuestra mejor obra de arte.


“Sudamérica”, Jaime Dávalos

Nadie la para ya,
No pueden detenerla ni la calumnia,
Ni el boicot, ni nada.
Este es un continente de aventura
Que a los aventureros se los traga,
Les sube por la sombra despacito
Y el ojo codicioso les socava.
Vendrán los desahuciados de la tierra
Buscando sus riquezas legendarias
Hasta que un día en una sola greda
Se confundan las lenguas y las razas.
América, animal de leche verde,
Por la gran cordillera vertebrada,
Hunde el hocico austral bajo del polo
Y descansa en su fuerza proletaria.
Camina hacia la luz,
Lenta y segura,
Con el polen del sol en las entrañas.
Y su destino torrencial
Fijado esta en el tiempo
Por la Vía Láctea
Que el hambre, la violencia, la injusticia,
La voluntad del pueblo traicionada,
No harán sino aumentar su rebeldía,
No harán sino apurar en sus entrañas,
El hijo de la luz que viene a unirnos
En una sola espiga esperanzada.
Porque América tierra del futuro,
Igual que la mujer, ¡vence de echada!


“De cara al sol”, José Arreola

“El amor, madre, a la Patria
No es el amor ridículo a la tierra,
Ni a la yerba que pisan nuestras plantas,
Es el odio invencible a quien la oprime
Es el rencor eterno a quien la ataca.” (José Martí.)


Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo, por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas, el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después, inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical. Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren. Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo. Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos, en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya casi no respires, aunque la vista se te nuble.
El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra, le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana.
Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.

Gracias por ser parte

domingo, 28 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de soledad.


La Soledad es una dulce ausencia de miradas. (Milan Kundera)


Narrador invitado: Gabriel Rolón



Los sonidos que pasaron:

Años de soledad / Adrían Iaies
Soledad / Javier Cohen
Solo / Jorge Fandermole
La rueda / Juan Cruz de Urquiza
Zamba soltera / Mariana Baraj
Lejos de casa / Roxana Amed
Que me lleve la tristeza / El negro Ojeda
Lune d hiver / Mars
Zamba de Lozano / Quique Sinesi
Casi Sola / Nubla
Só / Tom Zé
Solito con las estrellas / Carlos Capacho
Un silencio de acá / Seba Ibarra
Soledades / Esteban Morgado
Tu hastío / Rubén Blades


Las palabras que pasaron:

“No te salves”, Mario Benedetti
“Silencio”, Clarice Listpector
“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez
“Lo que pasa”, Juan Gelman


“No te salves”, Mario Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo


“Silencio”, Clarice Listpector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.


“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez

El solitario es sabio en predicciones;
En sueños, en secretas palabras.

Es de arena el corazón del solitario:
Se humedece con la lluvia.

El solitario no padece recuerdos:
construye el pasado con su futuro.
Reloj de arena es su corazón.

El solitario ha creado el amor
a su imagen y semejanza.

El solitario no hace comparaciones.
El solitario se hecha con la muerte
y se levanta viudo.

Por las noches se purifica.
En limpias, profundísimas aguas
se sumerge.

El solitario no conoce la soledad:
el mundo lo acompaña.


“Lo que pasa”, Juan Gelman

Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche,
en la tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo
como un fuego,
y me destruyes, me construyes, eres oscura como la luz.

Gracias por ser parte