domingo, 14 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de pueblo.


“Todo lo que es hecho, todo lo humano de la Tierra, es hecho por manos.” (Ernesto Cardenal)

Narrador invitado: Eduardo Aliverti


Los sonidos que pasaron:

Campesino / Super Seven
Amaru Raymi / Pachacamac
La llamada / Lagrima Rios
Ancestros / Kunan Pacha
En la frontera / Belén Ilé
Mi pueblo, mi casa, mi soledad / Chango Spasiuk
Zamba de Juan Panadero / Chango Farias Gomez
Mogolu / Kimi Djabaté
El salinero / Fulanas Trio
La monkiana / La acústica cuarteto
Tropero y acordeonista / Los Nuñez y Ruiz Guiñazu
El gaucho / Lilian Saba
Cereza / Puente Celeste
Desde aquí / Sonia Possetti
Son Sotz´leb / Sak Tzevul

Las palabras que pasaron:

“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin
“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa
“Gente”, Hamlet Lima Quintana
“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos


“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin

Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel.
Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana.
Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias.
Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento.
Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca.
Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera.
La victoria descalza deja huellas en la planta del pie.
La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia.
Los huesos sufren, pero se callan.
¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel!
Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible.
El día empieza mucho antes si se hacen trámites.
Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio.
Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos?
La Patria Grande.
Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada.
Otra vez el silencio.
Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia.
Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma.
La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando.
La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados.
Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo.

“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa

En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.
Dice mi padre que ya llegará
desde el fondo del tiempo otro tiempo
y me dice que el sol brillará
sobre un pueblo que él sueña
labrando su verde solar.
En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.

Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.
Dice mi padre que un solo traidor
puede con mil valientes;
él siente que el pueblo en su inmenso dolor
hoy se niega a beber en la fuente
clara del honor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.
Canta mi pueblo una canción de paz.
Detrás de cada puerta
está alerta mi pueblo,
y ya nadie podrá
silenciar su canción
y mañana también cantará.
En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.

En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.
Dice mi pueblo que puede leer
en su mano de obrero el destino
y que no hay adivino ni rey
que le pueda marcar el camino
que va a recorrer.
En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.

En mi país somos miles y miles
de lágrimas y de fusiles,
un puño y un canto vibrante,
una llama encendida, un gigante
que grita: ¡Adelante... adelante...!

En mi país brillará,
yo lo sé,
el sol del pueblo arderá
nuevamente, alumbrando mi tierra.

“Gente”, Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con solo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con solo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con solo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada

Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria

“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos

Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa y al frijolar; ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía:
“A los primeros:
Los de después sí entendimos.
Salud. ”


Gracias por ser parte.

domingo, 7 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de negritud


“...mi negritud no es una torre ni una catedral, se zambulle en la carne roja del suelo, se zambulle en la carne ardiente del cielo” (Aimé Césaire)


Narradora invitada: Lucila Pesoa



Los sonidos que pasaron:

Ritmos Negros del Perú / Nicomedes Santa Cruz
Horizonte infinito / Chango Farías Gomez
Sudáfrica canción antigua / Mamasal
DLG / Pulso Ciudadano
Agora si Bochón / Ricardo Nolé
Extranjero en propio pago / Willy Gonzalez Cuarteto
Ritmos Negros / Novalima
El Negro del Blanco / Paulo Moura y Yamandú Costa
Sangre de Africa / Patato Valdés
Lo Dedo Negro / Eduardo Mateo
Negro Libre / Eva Ayllon
Tarumba / Teresa Parodi y Mariana Baraj
Africanía / Ricardo "Kako" Viloria
Adoua / Les Tambours de Gorée Senegal
Marena de Angola / Chico Buarque
Mozambique / Castor Orquesta
Onda Corta / LA bomba de tiempo
Plegaría del árbol negro / Tonolec


Las palabras que pasaron:

“Caña”, Nicolás Guillen
“Mapa del diablo”, Eduardo Galeano
“Negritud”, Frei Beto
“Piel de brea”, Ricardo Giordo


“Caña”, Nicolás Guillen

El negro
junto al cañaveral.

El yanqui
sobre el cañaveral.

La tierra
bajo el cañaveral.

¡Sangre
que se nos va!


“Mapa del diablo”, Eduardo Galeano

En Cuba, el Diablo supo ser amigo de los negros cimarrones. Los esclavos que se fugaban tenían al amo metido en el cuerpo. Al son de los tambores, el Diablo les sacaba al amo de adentro, haciéndoles vomitar todas las hostias y toda el agua bendita que a lo largo de sus vidas habían tragado.
En Colombia, los fuegos negros echan todavía humos de azufre en las plantaciones de la costa del Pacífico. Allí el Diablo regala machetes a los peones: machetes que cortan la caña solitos, sin ninguna mano, y dan dinero que sólo sirve para ser gastado en parrandas con los amigos.
En Bolivia, el Diablo acompaña a los mineros del altiplano. A cambio de cigarros y aguardiente, los guía hacia las mejores vetas, a lo largo de las tripas de las montañas.
En Argentina, la gente del norte se endiabla cuando llega el tiempo del carnaval. El miércoles de cenizas, al final de los bailecitos y las borracherías, la gente entierra al Diablo. Llorando lo entierra.
En Brasil, en los suburbios de las grandes ciudades, suenan tambores en las fiestas del pobrerío. Los tambores llaman a un invitado especial, sujeto de mal vivir, respondón y jodón, glotón y ladrón: el tipo ése que fue ángel rebelde arrojado a los infiernos y después decidió quedarse a vivir aquí en el mundo, que es igualito al infierno pero más gustoso.


“Negritud”, Frei Beto

Traigo a África en la sangre. El resonar de tambores, la punta afilada de lanzas, las rayas coloreadas realzando la piel y en la boca el gusto atávico de los frutos del jardín del Edén. En el alma las cicatrices abiertas de tantos azotes, el grito imperial de los cazadores de gente, los hijos separados de sus padres y los maridos de sus mujeres, el balanceo agónico de la travesía del Atlántico y en los poros la muerte segando cuerpos engullidos por el mar y triturados por los dientes afilados de los peces.
Soy hijo de Ogum y Ósala, devoto de Yemanjá, a quien elevo las ofrendas de todos los dolores y colores, lágrimas y sabores, el llanto inconsolable de las cabañas, la carne atada con cuerdas, las muñecas y los tobillos sujetados con hierros, la soledad de la raza, el vientre rasgado y preñado por la feroz pulsión de los señores de la Casa Grande.
Me quedan, en el cuenco de madera las sobras del cerdo descarnado y, mientras la mesa colonial saborea el lomo, corto pieles y orejas, rehogo en grasa los frijoles, rebano en forma de salchichón las carnes, frío longanizas y torreznos, sazono con pimienta y condimento, y me harto. En el alambique recojo la savia ardiente de la caña, y me transporto a mis ancestros, a las sabanas y selvas, al tiempo de la inconmensurable libertad.
En las noches de la Casa Grande vacía y los capataces ebrios, adorno mi cuerpo con pinturas y, al reflejo de la luna, adorno brazos y piernas, me cubro de collares y brazaletes y, al son embriagante del tambor, bailo, bailo, bailo, exorcizando tristezas, conjurando a los malos espíritus, imprimiendo al movimiento de todos mis miembros el impulso irrefrenable del vuelo del espíritu.
Soy esclavo y, sin embargo, señor de mí mismo, pues no hay cerrojo que me aherroje la conciencia ni moralismo que me haga encarar el cuerpo con los ojos de la vergüenza. Hago fiesta del sexo, del cariño liturgia, del amor bonanza, multiplicando la raza con la esperanza de quien fertiliza semillas. Le doy al señor nuevos brazos que habrán de derribarlo de su trono.
Comulgo con la exhuberancia de la naturaleza, las copas de los árboles son mis templos, traigo las ofrendas del fogón de leña, en mi ser se agitan, veloces, caballos alados, y sigo el mapa trazado por los caracoles, que me enseñan que no hay dolor que dure siempre y que el verdadero amor perdura. Tan poblado está el cielo de mis creencias que no rechazo ni siquiera la santería del clero. Antes bien reverencio el caballo de san Jorge, transfiero a los altares la devoción a mis orixás, tiro al río a la Virgen negra con la fe de que, entre tantas blancas, traídas en las andas del señor de esclavos, llegará el tiempo en que la mía será Aparecida y a sus pies también se doblarán las rodillas de los blancos.
Soy liberto y, en el fondo de los bosques, recreo un espacio de libertad, defendiendo con espíritu guerrero mi reducto de paz. En el quilombo (cabañas en la selva de los negros fugitivos), mirando a África, rescato la fuerza histérica de mi idioma, celebro rezos y congadas (bailes oriundos del Congo), el canto libre haciendo eco en el coro de la pajarería, las aguas de la cascada limpiándome de todo temor, los árboles en centinela cubiertos de mil ojos vigilantes.
Ciudadano brasileño, todavía lucho por la liberación, empeñado en abolir prejuicios y discriminaciones, trabajo esclavo y tortura, cadenas forjadas en la inconsciencia e inconsistencia de quienes insisten en hacer de la diferencia divergencia e ignoran que Dios también es negro.


“Piel de brea”, Ricardo Giordo

Como otras noches, Remedios no podía dormir. Era así desde que había muerto Serafina. Su hija Serafina. Tan pequeña, tan tierna, tan... indefensa.
Miró hacia su marido. A través de la poca luz de la luna, pudo distinguir un bulto cilíndrico, enorme, del que provenían ronquidos estridentes, pero a la vez tranquilizadores.
Tratando de no hacer ruido, se vistió en la oscuridad. No quería malgastar aceite, su ama apenas le proporcionaba a su hombre un poco por semana. Debían cuidarlo ante cualquier...
¡Santa María, socórreme! Todavía sigo pensando en estas estupideces.
Afuera no había viento.
El calor pegajoso de Buenos Aires contribuía para que algunos estuviesen afuera, charlando. Remedios bajó la cabeza, haciendo como que se arreglaba la enorme hebilla de hueso, con tal de no saludar a los compañeros de finca.
Se dirigió hacia el Río de la Plata, que todavía no podía verse. Su ama le permitía salir las veces que quisiera. Le tenía una bien ganada confianza.
Justo cuando llegó a la barranca, vio a la luna llena brillar sobre el agua marrón, que esa noche parecía brea. Le hizo acordar a la piel de su hija Serafina: tan oscura, tan brillante, como la delicada seda negra con que su ama gustaba vestirse.
Una vez en el río, se arremangó la pollera y se mojó los pies. Le hubiese gustado ser niño, sacarse la ropa, y disfrutar de un buen chapuzón.
Se quedó allí, parada en la arena, en medio de las aguas que subían, pensando en Serafina, en su hija.
De pronto murió la luna en el cielo y el río se tragó su reflejo. La noche se volvió oscuridad. La cara de Serafina tomó forma bajo la superficie. Se reía. Remedios también rió, extendió los brazos, fue hacia ella, lloró.
No pudo hacer pie, y no sabía nadar. Poco le importó. Su Serafina seguía allí, casi, casi, al alcance de la mano.
Sintió los primeros síntomas de ahogo. Trató de respirar, pero sólo el agua llenó sus pulmones.
Antes de perder la conciencia le tiró un beso a su hija.


Gracias por ser parte

domingo, 31 de enero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de infancia


“¿Por qué pondrá Dios al comienzo lo mejor de toda la vida?” (Víctor Hugo)


Narradora invitada: Alejandra Acuña Barrenechea


Los sonidos que pasaron:

Canción de cuna costera / Carlos Aguirre
Plegaría para un niño dormido / Diane Denoir
Canción de cuna / Paola Fain y Ezequiel Mantega
Gurisito / Francesca Ancarola y Carlos Aguirre
Mi pequeño angel / Quinteto Urbano
Duerme negrito / Willy Gonzalez y Micaela Vita
La ronda catonga / Alfredo Zitarrosa
Me va a nacer un hermanito / Sandra Peres y Paulo Tatit
La rueda gigante / Mauricio Ubal
La vieja / Son de tres zapotes
A recoge correra la bolita / Petrona Martinez
Calma / Puente Celeste
El tinenti / Cuarteto milonguita de Hernán Valencia
Angel de bolsillo / Sebastian Monk
Canción para Juan / Luis Salinas
Una de las tres Marías / María Elía y Diego Penelas
Mi nieto Ignacio / Los Hnos. Nuñez y Ruiz Guiñazu
Princesa Cristal / Lito Epumer
Plegaría para un niño dormido / Liliana Herrero
Viste de mi / Mantega - Mielgo - Codomí


Las palabras que pasaron:

“Venancio vuela bajito”, Graciela Montes
“Instrucciones para elegir en un picado”, Alejandro Dolina
“Beatriz (una palabra enorme)”, Mario Benedetti
“Vidrios rotos”, Osvaldo Soriano


“Venancio vuela bajito”, Graciela Montes

No es cierto que los perros no vuelen.
Lo que pasa es que les gusta volar bajito. En mi barrio, por ejemplo, tenemos un perro que sabe volar; se llama Venancio.
El que le enseñó a volar a Venancio fue don Fito, que tiene muchísima paciencia.
En realidad, primero le enseñó a saltar.
Estuvo meses y meses enseñándole a saltar.
-¡Hop, Venancio! -decía don Fito levantando un dedo.
Y Venancio saltaba. Saltaba cada vez más y más alto: del suelo hasta una silla, después del suelo hasta la mesa y por fin del suelo hasta el techo de la heladera.
A Venancio le gustó eso de andar por los aires.
Tanto le gustó que una mañana, sin esperar siquiera a que don Fito le dijera "¡Hop, Venancio!", se trepó de un solo salto al techo de la casa. ¡Quería ver la salida del, sol desde ahí arriba!
Don Fito estaba muy orgulloso de Venancio. A don Fito, Venancio le parecía un perro muy inteligente.
-Te voy a enseñar a volar -le decía. -¡Hop, Venancio! -decía con el dedo en alto, y lo mandaba de un brinco al techo. Después, sin que Venancio se diese cuenta, se iba en puntas de pie a la casa de doña Enriqueta, que vive justo enfrente, se subía a la terraza y le gritaba: -¡Acá, Venancio!
¡Y Venancio saltaba del techo de don Fito a la terraza de doña Enriqueta! Era un salto verdaderamente extraordinario.
Lo más difícil de todo fue enseñarle a dar media vuelta en el aire.
Pero ya dije que don Fito es un hombre lleno de paciencia.
-¡Hop, Venancio! -lo mandaba de vuelta al techo. Pero, antes de que Venancio pusiese una sola pata en las tejas, le gritaba de repente: - ¡Acá, Venancio!
Entonces Venancio, que siempre fue un perro muy obediente, se daba media vuelta en el aire y volvía. Era una prueba dificilísima.
Al principio Venancio perdía el equilibrio y rodaba por la vereda como una maceta. Pero con el tiempo aprendió a aterrizar mucho mejor.
Don Fito estaba cada día más orgulloso de su perro. -¡Ya estas por aprender a volar, Venancio! -le decía palmeándole la cabeza.
Y Venancio decía "arf arf" y movía la cola. Por fin un día lo mandó volando a la carnicería, que queda a dos cuadras.
-¡Hop a lo de Gorosito, Venancio! -le gritó (Gorosito es nuestro carnicero).
¡Y Venancio voló las dos cuadras!
(un poco porque era tan obediente y otro poco porque Gorosito siempre le regalaba algún hueso).
Y así fue como Venancio aprendió a volar. Al principio a todo el mundo le pareció lindo eso de que hubiese un perro volando por el barrio. Pero enseguida empezaron las quejas. Porque la verdad es que Venancio no volaba como una mariposa. Ni como un pajarito.
Más bien volaba como un almohadón desesperado.
Para empezar, era gordo.
Para seguir volaba muy rápido
Y, para terminar, le gustaba volar bajito.
Como era gordo y volaba tan rápido y tan bajito provocaba muchísimos accidentes.
Un día le arrancó el casco a un policía al cruzar la avenida y don Fito tuvo que pagar una multa.
Un sábado a la noche se chocó con la cabeza de Martinita Perez, justo cuando Martinita Perez salía de su casa vertida de novia. y toda llena de flores, para casarse con Tito Nicoletti.
Otro día se metió sin querer por la ventana del profesor Gutierrez, que estaba abierta, y se cayó encima del pastel de papas.
Pero lo peor fue el lío de la cancha. Venencio pasó volando por el campo justo en el momento en que la pelota estaba por entrar en el arco, y la pelota, en lugar de hacer gol, fue a parar a la tribuna, junto con Venancio. Los que se habían perdido el gol se pusieron furiosos y empezaron a gritarles y patearlos y a morderles las orejas a los que se habían salvado del gol.
Los que se habían salvado del gol se defendían lo mejor que podían.
-La culpa no es nuestra -decían mientras se tapaban con las dos manos las orejas-, la culpa la tiene el perro.
El barrio entero se enojó con Venancio y con don Fito, el dueño de Venancio.
-Los perros voladores son muy molestos -decían.
-¡Son peores que las moscas!
Y los chicos se ponían a saltar en la vereda y gritaban:
-¡Que-no-vuele! ¡Que-no-vuele!
Desde ese día Venancio ya no vuela tanto por el barrio.
Pero igual se sigue entrenando.
Don Fito se levanta bien temprano todas las mañanas y lo lleva a revolotear un rato por la Costanera.
-Tenés que aprender a volar más alto, Venancio -le explica. Pero no hay caso. A Venancio le gusta volar bajito. Dice "arf arf" y le da vueltas y más vueltas a don Fito alrededor de la cabeza.


“Instrucciones para elegir en un picado”, Alejandro Dolina

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos.
Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternadamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos.
Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.


“Beatriz (Una palabra enorme)” del libro “Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti.

Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mi me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrjes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?.


“Vidrios rotos”, Osvaldo Soriano

La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.
Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Poníamos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostrador y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar.
Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.
Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demagogia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: "¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. "Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe."
Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera."
Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían."
Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. "No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.
Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.
-No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.
Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.
-¿Trajiste la gomera? -me preguntó.
Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.
Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.
Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.
-Dale -me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.


Gracias por ser parte

domingo, 24 de enero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de muerte.


“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.” (Antonio Machado )


Narrador Invitado: Fernando Rabih


Los sonidos que pasaron:

Chacarea de la muerte / Cuchi Leguizamón
Pibe del sur / Adrián Abonizio
Zamba para la viuda / Gisela Baum
El arco iris de Juana / Ines Bayala
Hymn for Momo / Javier Malosetti
Adios Nonino / Pablo Agri
Pregunto / Zaida Saiace
El fantasma enamorado / Paté de Fuá
Nierika / Dead can dance
Agonia / Futura Bold
Falta el enano / Pablo " Pinocho " Routin
Mukanga poto / Spirit Talk Mbira
Ultimas plabras de aliento / Aca Seca
IL Sogno / Lito Epumer


Las palabras que pasaron:

“El fantasma”, Enrique Anderson Imbert
“El drama del desencantado”, Gabriel García Márquez
“Eso sí”, Pedro Zubizarreta
“Pablo”, Elsa Bornemann


“El fantasma” Enrique Anderson Imbert

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte los objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha... Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo - pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver -jaula vacía- y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
-¡No entres! -gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
-¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! - gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas. En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Sí... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.


“El drama del desencantado”, Gabriel García Márquez

...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.


“Eso sí”, Pedro Zubizarreta

El Cholito se muere. El Cholito se va. La enfermedad lo atraviesa de lado a lado. Cinco años tiene. Cinco escasos años y la vida ya lo quiere dejar. Ahora no sufre. Ahora no. Está medio dormido, eso sí. Es por la medicación que le dan los doctores para sacarle el dolor. Junto a la cama del Cholito están los padres derramando lágrimas que se abrazan y corren juntas. El Cholito tiene la panza hinchada y le cuesta respirar. Cuando el Cholito empezó con el dolor en la pierna les dijeron que no era nada. Varios médicos lo miraron. Lo miraron un poco por encima, eso sí. Pero qué puede uno hacer, si los hospitales están sin recursos y el papá del Cholito perdió la seguridad social cuando se quedó sin trabajo. Lo llevaron a un médico privado, que sólo lo atendió cuando reunieron el dinero para pagar la consulta por adelantado. El médico privado tampoco lo examinó demasiado. Diagnosticó “dolores del crecimiento”, eso sí. Todo crecimiento va acompañado de dolor, todos menos justamente el que aludía el facultativo. El crecimiento de los huesos no duele. Pero qué puede saber un padre que apenas completó tres años de la enseñanza primaria. Qué le puede exigir a un médico que pasó por una universidad y salió de ella más miope y egoísta que cuando entró. Nada, sólo agacha la cabeza y acepta. Aunque el Cholo se haya seguido quejando, sin poder dormir a la noche, eso sí. El tiempo fue pasando y el dolor en aumento, acompañado por hinchazón en la rodilla. Artritis, les dijeron. El “güesero” del pueblo le quiso acomodar la rodilla, pero se le fracturó el fémur en el intento. Entonces llegó el momento de viajar a la gran ciudad. El Cholito en un grito con cada cimbronazo del autobús. El viaje largo. La llegada a Buenos Aires, con su multitud anónima hirviendo en la Terminal de Ómnibus. Finalmente llevaron al Cholo al Hospital grande. Los médicos estaban serios, mirando placas radiográficas de la rodilla y del tórax. Le practicaron una biopsia. Después vino un médico a hablarles de la enfermedad, que era maligna y se había desparramado por los pulmones. No respondió al tratamiento de quimioterapia y el Cholo empeoró. La pierna se hinchó como un zapallo.
Cholo, Cholito, no te morís solamente de cáncer, también te morís de analfabetismo, de miseria, de desnutrición, de marginalidad. Te morís de injusticia. Te morís de deuda externa. Te morís de anonimato. Te morís de tan pequeño. Te morís aplastado en las vías del desarrollo. Te morís de intereses ajenos. Te morís de extremo sur. Te morís, eso sí.

“Pablo”, Elsa Bornemann

El pueblo se llamaba…
Chato y polvoriento, recostado frente al mar, era una cinta de arena y piedra oscura.
Sus habitantes echaron a rodar esa mañana de primavera como una moneda más, sin notar en ella nada diferente.
Al mediodía, la gente se arremolinó en el mercado del puerto, como tantas otras veces.
Aquello sucedió por la tarde. El silbato de un tren pasando a lo lejos fue el sonido que señaló el principio. Justo en ese momento, los pescadores quedaron con las bocas abiertas, mientras cantaban recogiendo sus redes. Y de sus bocas ya no salió ninguna palabra. Lo mismo les sucedió a los vendedores del mercado…
A las mujeres en sus cocinas…
A los viejos en sus sillas…
A los estudiantes en sus aulas…
A los más chicos en sus juegos…
Por más que intentaron, ninguno pudo decir ni siquiera una sílaba. Las caras se esforzaron, sorprendidas, una y otra vez. Fue inútil.
El silencio fue un poncho abierto oscureciendo al pueblo ¿qué pasaba?
De pronto, vieron cómo cinco, diez, cuarenta, cien, dos mil palabras saltaban al aire desde sus bocas silenciosas, tomando extrañas formas. Y tras ellas fueron, amontonándose en desordenada carrera, sin saber adónde los llevaría ese rumbo sur que señalaban.
Hubo quienes siguieron a la palabra “mar”, maravillados por esas tres letras verdes ondulando en la tarde…
Otros prefirieron marchar tras la palabra “sol”, partida en gajo de una enorme naranja…
Algunos se decidieron por la palabra “caracol”… o “viento”… o “telar”… o “mariposa”… o “cebolla”… o “vino”…o…
Pero la que congregó la mayor cantidad de caminantes fue la palabra “PAZ”. Ésa sí que deslumbraba, con una amplia zeta abierta como la cola de un pavo real…
No les fue posible seguir cada una en especial. Las palabras eran tantas, tantas, que muchísimas debieron volar en soledad, chocando entre sí en su afán de llegar primero a… ¿adónde?
Pronto lo supieron. La gente detuvo sus pasos ante una casa grande, mirando con sorpresa cómo por la chimenea, por las ventanas, por puertas y cerraduras, todas las palabras se precipitaban convertidas en una fantástica lluvia de letras.
Llovió durante un largo rato.
Entonces entendieron lo que había sucedido y un temblor los unió. Ésa era la casa de Pablo, el poeta, el hermano del amor y la madera, amigo de paraguas y copihues, caminador de muelles y de inviernos, timonel del velero de los pobres, voz de los tristes, de piedras y olvidados…
Ésa era la casa de Pablo, que acababa de morir…
Las palabras habían perdido su ángel guardián, su domador, su padre, su sembrador…
Ellas lo sabían… Por eso habían sentido su adiós antes que nadie y habían disparado en cortejo, para besar esa boca que ya no volvería a cantarlas…
La noche no se animaba aún a desarrollarse cuando dejó de llover. En ese instante, una niña desconocida salió de la casa de Pablo.
Su vestido blanco fue un punto de azúcar luminoso en la oscuridad. Su pelo en llamas se abrió en antorchas alrededor de su cabeza.
Entonces gritó “¡vida!” y la gente de aquel pueblo que se llamaba… atajó la palabra en movimiento y gritó “¡vida!”.
Entonces gritó “¡Tierra!” y un aullido coreado por todos rajó la noche: “¡Tierra!” Y gritó “¡aire!”… y “¡agua!”… y “¡fuego!”… a la par que de sus manos salían todas las palabras de Pablo, mágicas uvas que repartió entre los que estaban agazapados en torno a ella.
Y esas uvas se unieron nuevamente en ramos verdes…
Y los versos de Pablo se repitieron una y otra vez…
Y se siguieron cantando una y otra vez…
Y retumbaron como tambores en escuelas y carpinterías, en bosques y mediodías, en trenes y bocacalles, en ruinas y naufragios, en eclipses y sueños, en alegrías y cenizas, en olas y guitarras, en ahoras y mañanas… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez…


Gracias por ser parte

domingo, 17 de enero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de amor
“Mi amor por ti es mucho más que amor, es algo que se amasa día a día, es proyectar tu sombra junto a mí, hacer con ellas una sola vida.” (Roque Dalton)

Narradora invitada: Mónica de Carvalho

Los sonidos que pasaron:

Zamba por vos / Carlos Aguirre
Princesa Cristal / Lito Epumer y Armando Alonso
The very thought of you / Manuel Ochoa Trío
Canción Terca / María Elía y Diego Penelas
Conmigo / Veronica Condomí
Zamba para la compañera / Willy Gonzalez
Te Mataría / Carmen Baleiro
Je Táime / Staff Benda Bilili
Esperando a Nikita / Gustavo Mozzi
Cosas que no sé / María Berasarte
Amor Profundo / Guillermo Klein
Note enamores / El terceto
Tonada del Viejo Amor / Mercedes Sosa
Cuando vivas conmigo / Chavela Vargas
Quizás un día así / Carmina Cannavino
Más que amor / Ernesto Snajer
Seduzir / Rosa Passos
Palabras para Julia / Liliana Herrero
Amar É Tudo / Djavan

Las palabras que pasaron:

“Farewell”, Pablo Neruda
“Capitulo 7”, de “Rayuela”, Julio Cortázar
“De la historia universal”, Victor Cassaus
“El amor”, Eduardo Galeano


“Farewell”, Pablo Neruda

Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.

Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.

Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.

Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día.
Yo no lo quiero, Amada.

Para que nada nos amarre
que no nos una nada.

Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.

Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana.
Amo el amor de los marineros
que besan y se van.

Dejan una promesa.
No vuelven nunca más.

En cada puerto una mujer espera:
los marineros besan y se van.

Una noche se acuestan con la muerte
en el lecho del mar.
Amo el amor que se reparte
en besos, lecho y pan.

Amor que puede ser eterno
y puede ser fugaz.

Amor que quiere libertarse
para volver a amar.

Amor divinizado que se acerca
Amor divinizado que se va.
Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
ya no se endulzará junto a ti mi dolor.

Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
y hacia donde camines llevarás mi dolor.

Fui tuyo, fuiste mía. Qué más? Juntos hicimos
un recodo en la ruta donde el amor pasó.

Fui tuyo, fuiste mía. Tu serás del que te ame,
del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.

Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.

...Desde tu corazón me dice adiós un niño.
Y yo le digo adiós.


“Capítulo 7”, “Rayuela”, Julio Cortázar

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.


“De la historia universal”, Victor Cassaus

Me han contado que en Pompeya entre las ruinas
dejadas por el paso de la lava
una vez se hallaron mezcladas con vasijas
que la ceniza conservó y perros que ahora duermen
bajo el polvo
dos figuras que hacían y deshacían el amor
en aquel temprano día del año 79
enlazados en ese abrazo que como se ha visto
pudo más que la muerte
Nadie sabrá nunca en qué sístole en qué diástole
estos cuerpos detuvieron su feroz armonía
Ningún arqueólogo ningún historiador
podrá contarnos con qué furor se amaban
cuando el Vesubio los cubrió de materia ardiente
(ellos creían al principio que se trataba
del calor maravilloso que generaban sus cuerpos)
Pero los que ahora hacemos
el amor sobre esta isla y sobre esta otra isla
enorme que es la Tierra los que violamos
la soledad simulada de los parques
los que huimos
a escapadas a cuartos silenciosos en los que dejamos
toda la alegría y toda la tristeza del amor
conocemos sin embargo esa especie de furia
en que estaban envueltos
Esas figuras que ahora descansan en una sala
de museo
(algunos las confunden con estatuas)
dejaron a medias la hermosa actividad de sus piernas
no llegaron a decirse sus nombres al oído
(no gritaron siquiera cuando la lava los cubría)
Pero el fuego del Vesubio no acabó con su fuego
que ahora arde en los parques quema los preceptos


“El amor”, Eduardo Galeano

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad.
Era raro lo que tenían entre las piernas.
¿Te han cortado?- preguntó el hombre.
-No- dijo ella- Siempre ha sido así.
El la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta.
Dijo: -No comas yuca ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar.
Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa-.
Ella obedeció.
Con paciencia tragó los mejunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos.
Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
-No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca.
La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando una mona en la copa de un árbol.
-Es así- dijo el hombre aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas invadió el aire.
De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos…
Y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

Gracias por ser parte