domingo, 14 de marzo de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de nostalgia.


“...la válida, la única nostalgia, es de tu piel.” (Mario Benedetti)


Narrador invitado: Diego Ripoll


Los sonidos que pasaron:

Nostalgias santiagueñas / Cuarto Elemento
Largo Horizonte / Juan Falú y Marcelo Moguilevsky
Tarde de invierno / Juarez - Homer Cuarteto
La nostalgiosa / Liliana Herrero
La noche que te fuiste / Malena Muyala
Ña Poli o la pureza de la gente como Ud. / Proyecto Sanluca
Zamba Nº4 en Mi Menor / Patricia Lamberti
Persistente canción de la memoria / Mono Fontana
El día que me quieras / Michel Camilo y Tomatito
Sodade / Cesaria Evora
Frevo de Saudade / Ceu & 3 Na Massa
2 de septiembre / Ricardo Nole
La llorona / Kocani Orkestar
La Pomeña / Pedro Aznar
Saudade da black rio / VID
Requiem / Pablo Tozzi
Nostalgias / Eva Ayllón
Fuimos / El Terceto

Las palabras que pasaron:

“La casa árbol”, Elsa Bornemann
“Antes yo era”, Luis Britto
“Sur”, Homero Manzi


“La casa árbol”, Elsa Bornemann

La casa en la que mis dos hermanos y yo crecimos era lo más parecido a un árbol que puedan imaginarse. Para ser sincera, debo decirles que ERA un árbol. La construyó papá, elevándola sobre sólidas raíces, colocando con esmero rama por rama, pegándole hoja tras hoja durante el último mes de cierta primavera.
Cuando la tuvo lista, los comentarios de nuestros vecinos agitaron su follaje de tal modo que – por varios días – no nos fue posible habitarla: una tormenta de murmuraciones la doblaba en extrañas reverencias.
- ¿pero qué ha hecho, don Carlos? ¡No es una casa! ¡Qué disparate! ¡Es un árbol!
Papá sonreía en silencio. Sus ojos, hermosos caleidoscopios, pasaron de celestes a grises, de grises a violetas, de violetas a verdes.
Bien verdes. Como nuestra casa-árbol.
-¡la más bella!-aseguró papá por lo bajo.
Y nos invitó a contemplarla hasta que llegó la noche. Entonces, la ocupamos felices. No fue necesario contratar servicios de ninguna empresa de mudanzas para transportar nuestras pertenencias. Teníamos tan pocas cosas…
Una campana, que papá cargó en sus brazos como a una niña desmayada…
Un farol, con su lucecita protegida por mamá…
Un largísimo chal blanco, que mi hermana Trudi enrollaba cantando…
La flauta de alejo y tres o cuatro libros de versos, sujetos entre mi cinturón y el flaco contorno de mi cadera.
Muy pronto aprendimos a trepar hasta la copa, saltando de rama en rama con suma facilidad, sin rasgar las leves cortinas que las arañas nos tejieron de inmediato, descendiendo cada vez que la campana nos anunciaba la hora de comer y de repartir frutas y flores con gorriones vecinos.
Y la casa-árbol siguió subiendo y subiendo, sin importarle su falta de techo y cerraduras, abierta al aire de cada día…
Allí pasé mi infancia.
Hasta que una noche se secaron las raíces de nuestra casa o se durmieron… vaya a saber por qué sí o por qué no… El invierno nos desalojó y tuvimos que irnos.
Mis padres y mis hermanos se fueron acostumbrando a vivir, como todos los demás, en resistentes casas de ladrillos, en graciosos chalets o en confortables departamentos, donde el aire ondula al impulso de un acondicionador y los mosquitos son puntos que tiemblan del otro lado de los cristales. Pero yo no pude. La mirada se me perdió entre las ramas de nuestra querida casa, las risas se me volaron con sus hojas y ya no pude olvidar que crecí en un árbol.
La gente no lo nota. Ni cuando, en vez de hablar, suelto un gorjeo a los que me escuchan… Ni cuando mi afónico chillido reemplaza alguna carcajada… Ni cuando se me caen plumas en vez de lágrimas…
Ninguno se asombra.
Nadie sabe que soy un pájaro.


“Antes yo era”, Luis Britto García

Antes, yo era un ser humano. Tenía acceso a los olores, los colores, los sonidos, las formas, los sabores, ante mí desfilaban las personas, ocurrían las cosas. Se apoderaban de mí las emociones, a veces –no siempre- tenía ideas. Luego, se me ocurrió leer libros, y poco a poco elegí, más que el sonido, la palabra que simboliza el sonido, más que el color, la palabra que simboliza el color, más que el olor, la palabra que simboliza el olor, más que el sabor y el tacto, las palabras que simbolizan sabores y tactos. No conocí personas, conocí sucesiones de palabras estampadas en olorosa tinta que describían personas; elegí no padecer el miedo, sino descifrar la narración del miedo; creí pensar, cuando sólo conectaba entre sí palabras que describían los pensamientos de otros. Poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo por palabras: la progresión del tiempo, por el sucederse de períodos; mi conciencia de existir, por un vasto olor a papel y tinta, a veces a grafito, a veces a cueros, a veces a cola. Alrededor de mi construí los muros de libros y al final no sé cómo entré en ellos me dirigieron me asimilaron me absorbieron golosamente, secamente, y yo sólo trataba con polillas.
Ahora, soy esto. He mirado lo que era mi mano y sólo veo unas palabras que dicen antes yo era un ser humano. No hay antebrazo, sólo veo otras palabras que dicen: tenía acceso a los colores, a los olores. Así, en parcos vocablos se va agotando mi cuerpo: donde dice poco a poco los objetos en mi universo se fueron sustituyendo, es el ombligo; y la conciencia, la conciencia, son las palabras de este párrafo que dicen ahora soy esto, estas líneas en que me defino, sólo palabras, sólo tintas, sólo papeles, yo que era un ser humano, concluyo aquí, ahora. Ahora, no soy sensaciones, no soy ya emociones, no soy ya tripas, algo me ha ocurrido, palabras, nada más que palabras, ahora soy esto.


“Sur”, Homero Manzi

San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre florando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur,
paredón y después...
Sur,
una luz de almacén...
Ya nunca me verás como me vieras,
recostado en la vidriera
y esperándote.
Ya nunca alumbraré con las estrellas
nuestra marcha sin querellas
por las noches de Pompeya...
Las calles y las lunas suburbanas,
y mi amor y tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé...

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,
Pompeya y al llegar al terraplén,
tus veinte años temblando de cariño
bajo el beso que entonces te robé.
Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó
pesadumbre de barrios que han cambiado
y amargura del sueño que murió.


Gracias por ser parte

domingo, 7 de marzo de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de revolución.


“Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime.” (Bertolt Brecht)


Narradora invitada: Patricia Barone


Los sonidos que pasaron:

Revoluçoes de Fausto / Fernando Sodre
Milonga del peón de campo / Chango Farías Gomez
Hasta Siempre / El Terceto
Libertango / Esteban Morgado
Sueñero / Jorge Fandermole
La Partida / Malosetti - Goldman
19y20-12-2001 / Topo encinar
Revolution / The Congos
Somos la revolución / Ska P
Extranjero en propio pago / Willy Gonzalez Cuarteto
El quinto regimiento / Rolando Alarcón
Bola Suriana a Emiliano Zapata / Amparo Ochoa
Bella Ciao / Leny Escudero
Chacarera del exilio Rally Barrionuevo
Historia de Mate Cocido / A. Abonizio y S. Sainz
Huracán / Pedro Aznar
Juan - Atahuala Yupanqui
La murga de los sonambulos / Gustavo Mozzi
Olor a goma quemada / Rafael Amor


Las palabras que pasaron:

“Oda a la pacificación”, Mario Benedetti
“Poema para un perro”, Camilo Blajaquis
“Sudamérica”, Jaime Dávalos
“De cara al sol”, José Arreola


“Oda a la pacificación”, Mario Benedetti


No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz
pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas contra la pacificación
y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados
cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro
es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda
o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento
en realidad somos un país tan peculiar
que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será.


“Poema para un perro”, Camilo Blajaquis

Hay en mi una lágrima, es por sus lágrimas.
Hay en mí una esperanza, fue su esperanza.
que secuestraron, que torturaron, que mataron
que tiraron al mar.
y que las olas trajeron moribundas pero vivas.
En mi sangre no hay descendencia revolucionaria
pero mi sangre rabalsa de revolución,
mi revolución no quiere sangre, no tiene enemigos,
me hace feliz, me la regalaron las olas.
Sabe Ud, que nunca estuvo tan cerca
de verle el rostro a la utopía.
Eso no me resigna, eso me hace mas guerrero.
Ni peros ni porques, buscar nuevas armas
(pero que no lastimen)
Pueden haber talado el árbol
masacrar sus ramas, triturar sus tronco
dejar agonizando sus hojas,
pueden haber quemado hasta sus raíces,
pero todavía está la tierra
donde puede crecer nuevamente.
¿Sabe cuáles nuestra mejor coincidencia?
Que nuestras manos gatillaron armas
(Ud por un sueño y yo por unas zapatillas)
Pero hoy escriben
El plomo se hizo tinta que siente, que sueña
Hay en mi una lágrima, es por sus lagrimas
Hagamos del lamento nuestra mejor obra de arte.


“Sudamérica”, Jaime Dávalos

Nadie la para ya,
No pueden detenerla ni la calumnia,
Ni el boicot, ni nada.
Este es un continente de aventura
Que a los aventureros se los traga,
Les sube por la sombra despacito
Y el ojo codicioso les socava.
Vendrán los desahuciados de la tierra
Buscando sus riquezas legendarias
Hasta que un día en una sola greda
Se confundan las lenguas y las razas.
América, animal de leche verde,
Por la gran cordillera vertebrada,
Hunde el hocico austral bajo del polo
Y descansa en su fuerza proletaria.
Camina hacia la luz,
Lenta y segura,
Con el polen del sol en las entrañas.
Y su destino torrencial
Fijado esta en el tiempo
Por la Vía Láctea
Que el hambre, la violencia, la injusticia,
La voluntad del pueblo traicionada,
No harán sino aumentar su rebeldía,
No harán sino apurar en sus entrañas,
El hijo de la luz que viene a unirnos
En una sola espiga esperanzada.
Porque América tierra del futuro,
Igual que la mujer, ¡vence de echada!


“De cara al sol”, José Arreola

“El amor, madre, a la Patria
No es el amor ridículo a la tierra,
Ni a la yerba que pisan nuestras plantas,
Es el odio invencible a quien la oprime
Es el rencor eterno a quien la ataca.” (José Martí.)


Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo, por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas, el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después, inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical. Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren. Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo. Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos, en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya casi no respires, aunque la vista se te nuble.
El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra, le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana.
Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.

Gracias por ser parte

domingo, 28 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de soledad.


La Soledad es una dulce ausencia de miradas. (Milan Kundera)


Narrador invitado: Gabriel Rolón



Los sonidos que pasaron:

Años de soledad / Adrían Iaies
Soledad / Javier Cohen
Solo / Jorge Fandermole
La rueda / Juan Cruz de Urquiza
Zamba soltera / Mariana Baraj
Lejos de casa / Roxana Amed
Que me lleve la tristeza / El negro Ojeda
Lune d hiver / Mars
Zamba de Lozano / Quique Sinesi
Casi Sola / Nubla
Só / Tom Zé
Solito con las estrellas / Carlos Capacho
Un silencio de acá / Seba Ibarra
Soledades / Esteban Morgado
Tu hastío / Rubén Blades


Las palabras que pasaron:

“No te salves”, Mario Benedetti
“Silencio”, Clarice Listpector
“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez
“Lo que pasa”, Juan Gelman


“No te salves”, Mario Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo


“Silencio”, Clarice Listpector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.


“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez

El solitario es sabio en predicciones;
En sueños, en secretas palabras.

Es de arena el corazón del solitario:
Se humedece con la lluvia.

El solitario no padece recuerdos:
construye el pasado con su futuro.
Reloj de arena es su corazón.

El solitario ha creado el amor
a su imagen y semejanza.

El solitario no hace comparaciones.
El solitario se hecha con la muerte
y se levanta viudo.

Por las noches se purifica.
En limpias, profundísimas aguas
se sumerge.

El solitario no conoce la soledad:
el mundo lo acompaña.


“Lo que pasa”, Juan Gelman

Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche,
en la tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo
como un fuego,
y me destruyes, me construyes, eres oscura como la luz.

Gracias por ser parte

domingo, 21 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de miradas.


“Menesteroso de silencio, pido tres palmos de la orilla desolada, de donde pueda regresar sencilla, como un fuego marino, la mirada.” (José Gorostiza)


Narradora invitada: Diana Tarnofsky


Los sonidos que pasaron:

Que bien te ves / Héctor Lavoe
Pupila de águila / A. Goncalvez y S. Schriever
Ojo por ojo / Buenavida Social Club
Ojos negros / Keympa
Negro mirar / Alé Kumá
Aquellos ojos verdes / Nat Kimg Cole
Cuando ya me empiece a quedar solo - Adrián Iaies
La pesada / Luis Salinas-Lucho Gonzalez-Tomatito
No me ves / Ana Prada
Ángel eyes / Alfredo Remus
La luminosa / E. Cardozo y J. Quintero
A unos ojos / El caburé
Espíritu / Mariano Otero Orquesta
Mirada esquiva / Natalio Sued
La mirada / La oveja minga
Triste / Julia Zenko
La mujer de mis sueños / Esteban Klisich

Las palabras que pasaron:

“Espiral”, Enrique Anderson Imbert
“La inmolación por la belleza”, Marco Denevi
“Olvido”, Orlando Van Bredam
“Silencio Brillante”, Spencer Holst

“Espiral” Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

“La inmolación por la belleza”, Marco Denevi

El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo –como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

“Olvido” Orlando Van Bredam

Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro. En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas.
Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted.
Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos le señalan el olvido. Nadie parece advertirlo. Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera la cara perdida.

“Silencio Brillante”, Spencer Holst

Dos osos blancos viajaban con un pequeño circo. Todas las noches, los dos osos aparecían empujando un carro. Los dos osos habían sido adiestrados para dar vueltas mortales, para hacer trompos, para hacer la vertical y para danzar sobre sus patas traseras, agarrados de la mano, dando los pasos al mismo tiempo. Los osos danzantes, un macho y una hembra, pronto se convirtieron en los favoritos de la multitud. El circo viajó al sur en un tour por la costa oeste que atravesó Canadá hasta California y de ahí hacia abajo llegando a Méjico; recorrió Panamá hasta América del Sur, bajo por los Andes pasando por Chile hasta las islas australes de Tierra del Fuego.
Un día un jaguar se lanzo sobre el presentador, el dueño del circo, y después lastimo mortalmente al domador. El público se disperso alarmado y horrorizado. En la confusión los osos se escaparon. Sin amo, vagaron por su cuenta por las boscosas y ventosas islas subantarticas. Absolutamente solos, en una isla deshabitada, y en un clima que les resultaba ideal, los osos se aparearon, se multiplicaron y después de unas cuantas generaciones poblaron la isla entera. En realidad, después de algunos años, los descendientes de los dos osos se trasladaron a mas de la mitad de las doce islas vecinas; y setenta años más tarde, cuando los científicos finalmente los hallaron y comenzaron a estudiar su comportamiento, se descubrió que todos ellos realizaban espléndidas acrobacias de circo.
En las noches cuando el cielo es brillante y hay luna llena, se reúnen a danzar: los cachorros en el medio y los más jóvenes, alrededor, formando un círculo. Permanecen todos juntos fuera del alcance del viento en el centro de un centelleante cráter hecho por un meteorito que cayo en un lecho de arcilla. Las espejadas paredes son de arcilla blanca. El suelo, liso, esta cubierto de grava blanca y es seco. Ninguna clase de vegetación crece allí adentro.
Cuando la luna se eleva sobre el cráter, la luz que se refleja en las paredes llena el lugar con el agua de luna. El piso del cráter, entonces, es más brillante que cualquier otra cosa cercana. Los científicos especulan que originalmente la luna llena pudo haberles hecho acordar a los dos osos las luces del circo y por esa razón comenzaron a danzar. ¿Sin embargo, habría que preguntarse, qué música es la que bailan los descendientes de los dos osos blancos?
Agarrados de la mano, danzando juntos ... ¿Qué música podrían escuchar dentro de sus cabezas mientras bailan bajo la luna llena y la aurora austral, mientras danzan en un brillante silencio?

Gracias por ser parte.

domingo, 14 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de pueblo.


“Todo lo que es hecho, todo lo humano de la Tierra, es hecho por manos.” (Ernesto Cardenal)

Narrador invitado: Eduardo Aliverti


Los sonidos que pasaron:

Campesino / Super Seven
Amaru Raymi / Pachacamac
La llamada / Lagrima Rios
Ancestros / Kunan Pacha
En la frontera / Belén Ilé
Mi pueblo, mi casa, mi soledad / Chango Spasiuk
Zamba de Juan Panadero / Chango Farias Gomez
Mogolu / Kimi Djabaté
El salinero / Fulanas Trio
La monkiana / La acústica cuarteto
Tropero y acordeonista / Los Nuñez y Ruiz Guiñazu
El gaucho / Lilian Saba
Cereza / Puente Celeste
Desde aquí / Sonia Possetti
Son Sotz´leb / Sak Tzevul

Las palabras que pasaron:

“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin
“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa
“Gente”, Hamlet Lima Quintana
“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos


“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin

Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel.
Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana.
Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias.
Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento.
Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca.
Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera.
La victoria descalza deja huellas en la planta del pie.
La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia.
Los huesos sufren, pero se callan.
¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel!
Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible.
El día empieza mucho antes si se hacen trámites.
Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio.
Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos?
La Patria Grande.
Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada.
Otra vez el silencio.
Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia.
Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma.
La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando.
La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados.
Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo.

“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa

En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.
Dice mi padre que ya llegará
desde el fondo del tiempo otro tiempo
y me dice que el sol brillará
sobre un pueblo que él sueña
labrando su verde solar.
En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.

Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.
Dice mi padre que un solo traidor
puede con mil valientes;
él siente que el pueblo en su inmenso dolor
hoy se niega a beber en la fuente
clara del honor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.
Canta mi pueblo una canción de paz.
Detrás de cada puerta
está alerta mi pueblo,
y ya nadie podrá
silenciar su canción
y mañana también cantará.
En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.

En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.
Dice mi pueblo que puede leer
en su mano de obrero el destino
y que no hay adivino ni rey
que le pueda marcar el camino
que va a recorrer.
En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.

En mi país somos miles y miles
de lágrimas y de fusiles,
un puño y un canto vibrante,
una llama encendida, un gigante
que grita: ¡Adelante... adelante...!

En mi país brillará,
yo lo sé,
el sol del pueblo arderá
nuevamente, alumbrando mi tierra.

“Gente”, Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con solo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con solo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con solo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada

Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria

“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos

Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa y al frijolar; ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía:
“A los primeros:
Los de después sí entendimos.
Salud. ”


Gracias por ser parte.