domingo, 28 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de soledad.


La Soledad es una dulce ausencia de miradas. (Milan Kundera)


Narrador invitado: Gabriel Rolón



Los sonidos que pasaron:

Años de soledad / Adrían Iaies
Soledad / Javier Cohen
Solo / Jorge Fandermole
La rueda / Juan Cruz de Urquiza
Zamba soltera / Mariana Baraj
Lejos de casa / Roxana Amed
Que me lleve la tristeza / El negro Ojeda
Lune d hiver / Mars
Zamba de Lozano / Quique Sinesi
Casi Sola / Nubla
Só / Tom Zé
Solito con las estrellas / Carlos Capacho
Un silencio de acá / Seba Ibarra
Soledades / Esteban Morgado
Tu hastío / Rubén Blades


Las palabras que pasaron:

“No te salves”, Mario Benedetti
“Silencio”, Clarice Listpector
“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez
“Lo que pasa”, Juan Gelman


“No te salves”, Mario Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo


“Silencio”, Clarice Listpector

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad. Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navío. Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento, la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde entonces, él es fantasma.


“El Solitario”, Ernesto Mejía Sánchez

El solitario es sabio en predicciones;
En sueños, en secretas palabras.

Es de arena el corazón del solitario:
Se humedece con la lluvia.

El solitario no padece recuerdos:
construye el pasado con su futuro.
Reloj de arena es su corazón.

El solitario ha creado el amor
a su imagen y semejanza.

El solitario no hace comparaciones.
El solitario se hecha con la muerte
y se levanta viudo.

Por las noches se purifica.
En limpias, profundísimas aguas
se sumerge.

El solitario no conoce la soledad:
el mundo lo acompaña.


“Lo que pasa”, Juan Gelman

Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche,
en la tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo
como un fuego,
y me destruyes, me construyes, eres oscura como la luz.

Gracias por ser parte

domingo, 21 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de miradas.


“Menesteroso de silencio, pido tres palmos de la orilla desolada, de donde pueda regresar sencilla, como un fuego marino, la mirada.” (José Gorostiza)


Narradora invitada: Diana Tarnofsky


Los sonidos que pasaron:

Que bien te ves / Héctor Lavoe
Pupila de águila / A. Goncalvez y S. Schriever
Ojo por ojo / Buenavida Social Club
Ojos negros / Keympa
Negro mirar / Alé Kumá
Aquellos ojos verdes / Nat Kimg Cole
Cuando ya me empiece a quedar solo - Adrián Iaies
La pesada / Luis Salinas-Lucho Gonzalez-Tomatito
No me ves / Ana Prada
Ángel eyes / Alfredo Remus
La luminosa / E. Cardozo y J. Quintero
A unos ojos / El caburé
Espíritu / Mariano Otero Orquesta
Mirada esquiva / Natalio Sued
La mirada / La oveja minga
Triste / Julia Zenko
La mujer de mis sueños / Esteban Klisich

Las palabras que pasaron:

“Espiral”, Enrique Anderson Imbert
“La inmolación por la belleza”, Marco Denevi
“Olvido”, Orlando Van Bredam
“Silencio Brillante”, Spencer Holst

“Espiral” Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

“La inmolación por la belleza”, Marco Denevi

El erizo era feo y lo sabía. Por eso vivía en sitios apartados, en matorrales sombríos, sin hablar con nadie, siempre solitario y taciturno, siempre triste, él, que en realidad tenía un carácter alegre y gustaba de la compañía de los demás. Sólo se atrevía a salir a altas horas de la noche y, si entonces oía pasos, rápidamente erizaba sus púas y se convertía en una bola para ocultar su rubor.
Una vez alguien encontró una esfera híspida, ese tremendo alfiletero. En lugar de rociarlo con agua o arrojarle humo –como aconsejan los libros de zoología-, tomó una sarta de perlas, un racimo de uvas de cristal, piedras preciosas, o quizá falsas, cascabeles, dos o tres lentejuelas, varias luciérnagas, un dije de oro, flores de nácar y de terciopelo, mariposas artificiales, un coral, una pluma y un botón, y los fue enhebrando en cada una de las agujas del erizo, hasta transformar a aquella criatura desagradable en un animal fabuloso.
Todos acudieron a contemplarlo. Según quién lo mirase, semejaba la corona de un emperador bizantino, un fragmento de la cola del Pájaro Roc o, si las luciérnagas se encendían, el fanal de una góndola empavesada para la fiesta del Bucentauro, o, si lo miraba algún envidioso, un bufón.
El erizo escuchaba las voces, las exclamaciones, los aplausos, y lloraba de felicidad. Pero no se atrevía a moverse por temor de que se le desprendiera aquel ropaje miliunanochesco. Así permaneció durante todo el verano. Cuando llegaron los primeros fríos, había muerto de hambre y de sed. Pero seguía hermoso.

“Olvido” Orlando Van Bredam

Lo terrible sucede una mañana de éstas. Usted sale de su casa y olvida la cara en el espejo. Anda todo el día sin saberlo. Es decir, que nadie se lo dice. Nadie le reprocha tanta lisura, esa página neutra en lugar del rostro. En realidad, usted piensa que nadie lo mira ni lo ha mirado nunca, preocupados como están los demás por sus propias arrugas.
Pero no es así. Ellos murmuran. Y el murmullo crece como una música indeseable. En voz baja, con guiños cómplices y esquelas anónimas que cruzan la oficina, conspiran contra usted.
Tampoco sus vecinos o su mujer o sus hijos le señalan el olvido. Nadie parece advertirlo. Tampoco usted, lógicamente, que al mirarse nuevamente en el espejo, recupera la cara perdida.

“Silencio Brillante”, Spencer Holst

Dos osos blancos viajaban con un pequeño circo. Todas las noches, los dos osos aparecían empujando un carro. Los dos osos habían sido adiestrados para dar vueltas mortales, para hacer trompos, para hacer la vertical y para danzar sobre sus patas traseras, agarrados de la mano, dando los pasos al mismo tiempo. Los osos danzantes, un macho y una hembra, pronto se convirtieron en los favoritos de la multitud. El circo viajó al sur en un tour por la costa oeste que atravesó Canadá hasta California y de ahí hacia abajo llegando a Méjico; recorrió Panamá hasta América del Sur, bajo por los Andes pasando por Chile hasta las islas australes de Tierra del Fuego.
Un día un jaguar se lanzo sobre el presentador, el dueño del circo, y después lastimo mortalmente al domador. El público se disperso alarmado y horrorizado. En la confusión los osos se escaparon. Sin amo, vagaron por su cuenta por las boscosas y ventosas islas subantarticas. Absolutamente solos, en una isla deshabitada, y en un clima que les resultaba ideal, los osos se aparearon, se multiplicaron y después de unas cuantas generaciones poblaron la isla entera. En realidad, después de algunos años, los descendientes de los dos osos se trasladaron a mas de la mitad de las doce islas vecinas; y setenta años más tarde, cuando los científicos finalmente los hallaron y comenzaron a estudiar su comportamiento, se descubrió que todos ellos realizaban espléndidas acrobacias de circo.
En las noches cuando el cielo es brillante y hay luna llena, se reúnen a danzar: los cachorros en el medio y los más jóvenes, alrededor, formando un círculo. Permanecen todos juntos fuera del alcance del viento en el centro de un centelleante cráter hecho por un meteorito que cayo en un lecho de arcilla. Las espejadas paredes son de arcilla blanca. El suelo, liso, esta cubierto de grava blanca y es seco. Ninguna clase de vegetación crece allí adentro.
Cuando la luna se eleva sobre el cráter, la luz que se refleja en las paredes llena el lugar con el agua de luna. El piso del cráter, entonces, es más brillante que cualquier otra cosa cercana. Los científicos especulan que originalmente la luna llena pudo haberles hecho acordar a los dos osos las luces del circo y por esa razón comenzaron a danzar. ¿Sin embargo, habría que preguntarse, qué música es la que bailan los descendientes de los dos osos blancos?
Agarrados de la mano, danzando juntos ... ¿Qué música podrían escuchar dentro de sus cabezas mientras bailan bajo la luna llena y la aurora austral, mientras danzan en un brillante silencio?

Gracias por ser parte.

domingo, 14 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de pueblo.


“Todo lo que es hecho, todo lo humano de la Tierra, es hecho por manos.” (Ernesto Cardenal)

Narrador invitado: Eduardo Aliverti


Los sonidos que pasaron:

Campesino / Super Seven
Amaru Raymi / Pachacamac
La llamada / Lagrima Rios
Ancestros / Kunan Pacha
En la frontera / Belén Ilé
Mi pueblo, mi casa, mi soledad / Chango Spasiuk
Zamba de Juan Panadero / Chango Farias Gomez
Mogolu / Kimi Djabaté
El salinero / Fulanas Trio
La monkiana / La acústica cuarteto
Tropero y acordeonista / Los Nuñez y Ruiz Guiñazu
El gaucho / Lilian Saba
Cereza / Puente Celeste
Desde aquí / Sonia Possetti
Son Sotz´leb / Sak Tzevul

Las palabras que pasaron:

“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin
“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa
“Gente”, Hamlet Lima Quintana
“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos


“Almas con olor a cebolla”, Cecilia Courtoisie Nin

Esta mujer tiene algo especial en las manos. Sus dedos gruesos hablan. Sus uñas negras, los nudillos apenas deformados. La resequedad de la piel.
Aprieta el cuchillo entre los dedos y corta la zanahoria casi sin esfuerzo. Pedazos chiquitos para la sopa. Calabaza, puerro, cebolla. Bandejitas de verdura en juliana.
Buen día ¿me da una banana? ¿una sola? Sí. Dos pesos. ¿Dos pesos? Por unidad es más caro. Bueno. ¿Algo más va a llevar? No, nada más, gracias.
Detrás de la expresión seria, un dolor atrasado. El estómago oprimido se oculta bajo la redondez del cuerpo. Cuerpo cansado. Lento.
Lejos quedaron los días de críos en la espalda. De palabras crueles de gente igual, pero con otra vida. Lejos, pero más presente que nunca.
Los anhelos se arrancan de los azotes recibidos, los sueños deformados por lágrimas imperceptibles. Inaceptables. El pecho que se incendia con la naturalidad del aire y trasmite en esa fuerza, generación tras generación, el sabio sigilo de la lucha imperecedera.
La victoria descalza deja huellas en la planta del pie.
La angustia en silencio. El silencio que asume la rabia del otro, la absurda intolerancia.
Los huesos sufren, pero se callan.
¡Deja las ciruelas quietas! Gabriel, vigila a tu hermano. ¿Qué le doy, señor? ¿un kilo? Los zapallitos dos kilos cinco pesos. Un kilo, tres. ¡Gabriel, vigila a tu hermano te he dicho! El brócoli se lo dejo dos con cincuenta porque no vino bueno. ¡Quita tu mano de allí te he dicho! ¡Gabriel! El tomate de oferta se ha acabado, tiene esos a cuatro pesos. ¡Gabriel!
Muchos siglos esperando la esperanza. Con la esperanza a cuestas se sueña distinto, se lucha distinto, la dignidad es posible.
El día empieza mucho antes si se hacen trámites.
Filas eternas de personas que acampan, en busca de un sueño deseado por obligación. Dejar de pertenecer para ser de otra parte. Colas inacabables por una identidad legal. Prueba indeleble del exilio.
Madrugadas enteras desperdiciadas en un papel. Punto de partida de una aparente vida nueva. Sudamérica, hermanos latinoamericanos. Buenos Aires, la utopía disfrazada de anhelos tangibles. Sábanas limpias, un trabajo digno. ¿Digno de quién? ¡Sudamérica! ¿hermanos latinoamericanos?
La Patria Grande.
Falta la partida de nacimiento. Pero yo he traído todo. Todo no, le falta la partida legalizada en su país de origen. Pero yo he traído todo lo que me han dicho ustedes. ¿No entiende lo que le digo, señora? Falta la partida legalizada. A ver, ¿de dónde es usted? ¿y tiene familia allá? Bueno, mándeles la partida para que le hagan el trámite y vuelva otro día. Ya vine cinco veces. ¡Le falta la partida, señora! Vuelva otro día, hoy no puedo hacer nada.
Otra vez el silencio.
Las manos de esta mujer tienen algo. Hablan. Cuentan su historia.
Llega a casa cuando la noche está avanzada, con sus hijos de las manos. El más pequeño quizás en brazos. Abierta al reencuentro que la espera puertas adentro, donde todo está en calma.
La familia unida, por el exilio, por la historia compartida, por el porvenir que están creando. La familia toda, completa, los que ya están, los que van llegando.
La esperanza contenida en los sabores que pasan de mano en mano, hombres y mujeres, núcleo inseparable, inquebrantable. El aroma de los otros que allá están, que son pero no son. Desconocidos de la misma raza, humanos, seres que explotan de vida, de angustia, de anécdotas que son distintas y tan iguales. Rituales que son de todos y que ellos se llevaron a otra parte. Rituales compartidos a la distancia con aquellos que aún luchan en la tierra que los trajo. Pacha al rojo vivo que guarda en frasquitos los vientos huracanados.
Puertas adentro el alma se reconstruye, se comprende. Puertas adentro de casa, y del país que una vez fue nuevo.

“Adagio en mi país”, Alfredo Zitarrosa

En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.
Dice mi padre que ya llegará
desde el fondo del tiempo otro tiempo
y me dice que el sol brillará
sobre un pueblo que él sueña
labrando su verde solar.
En mi país, qué tristeza,
la pobreza y el rencor.

Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.
Dice mi padre que un solo traidor
puede con mil valientes;
él siente que el pueblo en su inmenso dolor
hoy se niega a beber en la fuente
clara del honor.
Tú no pediste la guerra,
madre tierra, yo lo sé.

En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.
Canta mi pueblo una canción de paz.
Detrás de cada puerta
está alerta mi pueblo,
y ya nadie podrá
silenciar su canción
y mañana también cantará.
En mi país somos duros,
el futuro lo dirá.

En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.
Dice mi pueblo que puede leer
en su mano de obrero el destino
y que no hay adivino ni rey
que le pueda marcar el camino
que va a recorrer.
En mi país, qué tibieza
cuando empieza a amanecer.

En mi país somos miles y miles
de lágrimas y de fusiles,
un puño y un canto vibrante,
una llama encendida, un gigante
que grita: ¡Adelante... adelante...!

En mi país brillará,
yo lo sé,
el sol del pueblo arderá
nuevamente, alumbrando mi tierra.

“Gente”, Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con solo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con solo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con solo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada

Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria

“Los de después si entendimos”, Subcomandante Marcos

Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa y al frijolar; ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía:
“A los primeros:
Los de después sí entendimos.
Salud. ”


Gracias por ser parte.

domingo, 7 de febrero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de negritud


“...mi negritud no es una torre ni una catedral, se zambulle en la carne roja del suelo, se zambulle en la carne ardiente del cielo” (Aimé Césaire)


Narradora invitada: Lucila Pesoa



Los sonidos que pasaron:

Ritmos Negros del Perú / Nicomedes Santa Cruz
Horizonte infinito / Chango Farías Gomez
Sudáfrica canción antigua / Mamasal
DLG / Pulso Ciudadano
Agora si Bochón / Ricardo Nolé
Extranjero en propio pago / Willy Gonzalez Cuarteto
Ritmos Negros / Novalima
El Negro del Blanco / Paulo Moura y Yamandú Costa
Sangre de Africa / Patato Valdés
Lo Dedo Negro / Eduardo Mateo
Negro Libre / Eva Ayllon
Tarumba / Teresa Parodi y Mariana Baraj
Africanía / Ricardo "Kako" Viloria
Adoua / Les Tambours de Gorée Senegal
Marena de Angola / Chico Buarque
Mozambique / Castor Orquesta
Onda Corta / LA bomba de tiempo
Plegaría del árbol negro / Tonolec


Las palabras que pasaron:

“Caña”, Nicolás Guillen
“Mapa del diablo”, Eduardo Galeano
“Negritud”, Frei Beto
“Piel de brea”, Ricardo Giordo


“Caña”, Nicolás Guillen

El negro
junto al cañaveral.

El yanqui
sobre el cañaveral.

La tierra
bajo el cañaveral.

¡Sangre
que se nos va!


“Mapa del diablo”, Eduardo Galeano

En Cuba, el Diablo supo ser amigo de los negros cimarrones. Los esclavos que se fugaban tenían al amo metido en el cuerpo. Al son de los tambores, el Diablo les sacaba al amo de adentro, haciéndoles vomitar todas las hostias y toda el agua bendita que a lo largo de sus vidas habían tragado.
En Colombia, los fuegos negros echan todavía humos de azufre en las plantaciones de la costa del Pacífico. Allí el Diablo regala machetes a los peones: machetes que cortan la caña solitos, sin ninguna mano, y dan dinero que sólo sirve para ser gastado en parrandas con los amigos.
En Bolivia, el Diablo acompaña a los mineros del altiplano. A cambio de cigarros y aguardiente, los guía hacia las mejores vetas, a lo largo de las tripas de las montañas.
En Argentina, la gente del norte se endiabla cuando llega el tiempo del carnaval. El miércoles de cenizas, al final de los bailecitos y las borracherías, la gente entierra al Diablo. Llorando lo entierra.
En Brasil, en los suburbios de las grandes ciudades, suenan tambores en las fiestas del pobrerío. Los tambores llaman a un invitado especial, sujeto de mal vivir, respondón y jodón, glotón y ladrón: el tipo ése que fue ángel rebelde arrojado a los infiernos y después decidió quedarse a vivir aquí en el mundo, que es igualito al infierno pero más gustoso.


“Negritud”, Frei Beto

Traigo a África en la sangre. El resonar de tambores, la punta afilada de lanzas, las rayas coloreadas realzando la piel y en la boca el gusto atávico de los frutos del jardín del Edén. En el alma las cicatrices abiertas de tantos azotes, el grito imperial de los cazadores de gente, los hijos separados de sus padres y los maridos de sus mujeres, el balanceo agónico de la travesía del Atlántico y en los poros la muerte segando cuerpos engullidos por el mar y triturados por los dientes afilados de los peces.
Soy hijo de Ogum y Ósala, devoto de Yemanjá, a quien elevo las ofrendas de todos los dolores y colores, lágrimas y sabores, el llanto inconsolable de las cabañas, la carne atada con cuerdas, las muñecas y los tobillos sujetados con hierros, la soledad de la raza, el vientre rasgado y preñado por la feroz pulsión de los señores de la Casa Grande.
Me quedan, en el cuenco de madera las sobras del cerdo descarnado y, mientras la mesa colonial saborea el lomo, corto pieles y orejas, rehogo en grasa los frijoles, rebano en forma de salchichón las carnes, frío longanizas y torreznos, sazono con pimienta y condimento, y me harto. En el alambique recojo la savia ardiente de la caña, y me transporto a mis ancestros, a las sabanas y selvas, al tiempo de la inconmensurable libertad.
En las noches de la Casa Grande vacía y los capataces ebrios, adorno mi cuerpo con pinturas y, al reflejo de la luna, adorno brazos y piernas, me cubro de collares y brazaletes y, al son embriagante del tambor, bailo, bailo, bailo, exorcizando tristezas, conjurando a los malos espíritus, imprimiendo al movimiento de todos mis miembros el impulso irrefrenable del vuelo del espíritu.
Soy esclavo y, sin embargo, señor de mí mismo, pues no hay cerrojo que me aherroje la conciencia ni moralismo que me haga encarar el cuerpo con los ojos de la vergüenza. Hago fiesta del sexo, del cariño liturgia, del amor bonanza, multiplicando la raza con la esperanza de quien fertiliza semillas. Le doy al señor nuevos brazos que habrán de derribarlo de su trono.
Comulgo con la exhuberancia de la naturaleza, las copas de los árboles son mis templos, traigo las ofrendas del fogón de leña, en mi ser se agitan, veloces, caballos alados, y sigo el mapa trazado por los caracoles, que me enseñan que no hay dolor que dure siempre y que el verdadero amor perdura. Tan poblado está el cielo de mis creencias que no rechazo ni siquiera la santería del clero. Antes bien reverencio el caballo de san Jorge, transfiero a los altares la devoción a mis orixás, tiro al río a la Virgen negra con la fe de que, entre tantas blancas, traídas en las andas del señor de esclavos, llegará el tiempo en que la mía será Aparecida y a sus pies también se doblarán las rodillas de los blancos.
Soy liberto y, en el fondo de los bosques, recreo un espacio de libertad, defendiendo con espíritu guerrero mi reducto de paz. En el quilombo (cabañas en la selva de los negros fugitivos), mirando a África, rescato la fuerza histérica de mi idioma, celebro rezos y congadas (bailes oriundos del Congo), el canto libre haciendo eco en el coro de la pajarería, las aguas de la cascada limpiándome de todo temor, los árboles en centinela cubiertos de mil ojos vigilantes.
Ciudadano brasileño, todavía lucho por la liberación, empeñado en abolir prejuicios y discriminaciones, trabajo esclavo y tortura, cadenas forjadas en la inconsciencia e inconsistencia de quienes insisten en hacer de la diferencia divergencia e ignoran que Dios también es negro.


“Piel de brea”, Ricardo Giordo

Como otras noches, Remedios no podía dormir. Era así desde que había muerto Serafina. Su hija Serafina. Tan pequeña, tan tierna, tan... indefensa.
Miró hacia su marido. A través de la poca luz de la luna, pudo distinguir un bulto cilíndrico, enorme, del que provenían ronquidos estridentes, pero a la vez tranquilizadores.
Tratando de no hacer ruido, se vistió en la oscuridad. No quería malgastar aceite, su ama apenas le proporcionaba a su hombre un poco por semana. Debían cuidarlo ante cualquier...
¡Santa María, socórreme! Todavía sigo pensando en estas estupideces.
Afuera no había viento.
El calor pegajoso de Buenos Aires contribuía para que algunos estuviesen afuera, charlando. Remedios bajó la cabeza, haciendo como que se arreglaba la enorme hebilla de hueso, con tal de no saludar a los compañeros de finca.
Se dirigió hacia el Río de la Plata, que todavía no podía verse. Su ama le permitía salir las veces que quisiera. Le tenía una bien ganada confianza.
Justo cuando llegó a la barranca, vio a la luna llena brillar sobre el agua marrón, que esa noche parecía brea. Le hizo acordar a la piel de su hija Serafina: tan oscura, tan brillante, como la delicada seda negra con que su ama gustaba vestirse.
Una vez en el río, se arremangó la pollera y se mojó los pies. Le hubiese gustado ser niño, sacarse la ropa, y disfrutar de un buen chapuzón.
Se quedó allí, parada en la arena, en medio de las aguas que subían, pensando en Serafina, en su hija.
De pronto murió la luna en el cielo y el río se tragó su reflejo. La noche se volvió oscuridad. La cara de Serafina tomó forma bajo la superficie. Se reía. Remedios también rió, extendió los brazos, fue hacia ella, lloró.
No pudo hacer pie, y no sabía nadar. Poco le importó. Su Serafina seguía allí, casi, casi, al alcance de la mano.
Sintió los primeros síntomas de ahogo. Trató de respirar, pero sólo el agua llenó sus pulmones.
Antes de perder la conciencia le tiró un beso a su hija.


Gracias por ser parte

domingo, 31 de enero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de infancia


“¿Por qué pondrá Dios al comienzo lo mejor de toda la vida?” (Víctor Hugo)


Narradora invitada: Alejandra Acuña Barrenechea


Los sonidos que pasaron:

Canción de cuna costera / Carlos Aguirre
Plegaría para un niño dormido / Diane Denoir
Canción de cuna / Paola Fain y Ezequiel Mantega
Gurisito / Francesca Ancarola y Carlos Aguirre
Mi pequeño angel / Quinteto Urbano
Duerme negrito / Willy Gonzalez y Micaela Vita
La ronda catonga / Alfredo Zitarrosa
Me va a nacer un hermanito / Sandra Peres y Paulo Tatit
La rueda gigante / Mauricio Ubal
La vieja / Son de tres zapotes
A recoge correra la bolita / Petrona Martinez
Calma / Puente Celeste
El tinenti / Cuarteto milonguita de Hernán Valencia
Angel de bolsillo / Sebastian Monk
Canción para Juan / Luis Salinas
Una de las tres Marías / María Elía y Diego Penelas
Mi nieto Ignacio / Los Hnos. Nuñez y Ruiz Guiñazu
Princesa Cristal / Lito Epumer
Plegaría para un niño dormido / Liliana Herrero
Viste de mi / Mantega - Mielgo - Codomí


Las palabras que pasaron:

“Venancio vuela bajito”, Graciela Montes
“Instrucciones para elegir en un picado”, Alejandro Dolina
“Beatriz (una palabra enorme)”, Mario Benedetti
“Vidrios rotos”, Osvaldo Soriano


“Venancio vuela bajito”, Graciela Montes

No es cierto que los perros no vuelen.
Lo que pasa es que les gusta volar bajito. En mi barrio, por ejemplo, tenemos un perro que sabe volar; se llama Venancio.
El que le enseñó a volar a Venancio fue don Fito, que tiene muchísima paciencia.
En realidad, primero le enseñó a saltar.
Estuvo meses y meses enseñándole a saltar.
-¡Hop, Venancio! -decía don Fito levantando un dedo.
Y Venancio saltaba. Saltaba cada vez más y más alto: del suelo hasta una silla, después del suelo hasta la mesa y por fin del suelo hasta el techo de la heladera.
A Venancio le gustó eso de andar por los aires.
Tanto le gustó que una mañana, sin esperar siquiera a que don Fito le dijera "¡Hop, Venancio!", se trepó de un solo salto al techo de la casa. ¡Quería ver la salida del, sol desde ahí arriba!
Don Fito estaba muy orgulloso de Venancio. A don Fito, Venancio le parecía un perro muy inteligente.
-Te voy a enseñar a volar -le decía. -¡Hop, Venancio! -decía con el dedo en alto, y lo mandaba de un brinco al techo. Después, sin que Venancio se diese cuenta, se iba en puntas de pie a la casa de doña Enriqueta, que vive justo enfrente, se subía a la terraza y le gritaba: -¡Acá, Venancio!
¡Y Venancio saltaba del techo de don Fito a la terraza de doña Enriqueta! Era un salto verdaderamente extraordinario.
Lo más difícil de todo fue enseñarle a dar media vuelta en el aire.
Pero ya dije que don Fito es un hombre lleno de paciencia.
-¡Hop, Venancio! -lo mandaba de vuelta al techo. Pero, antes de que Venancio pusiese una sola pata en las tejas, le gritaba de repente: - ¡Acá, Venancio!
Entonces Venancio, que siempre fue un perro muy obediente, se daba media vuelta en el aire y volvía. Era una prueba dificilísima.
Al principio Venancio perdía el equilibrio y rodaba por la vereda como una maceta. Pero con el tiempo aprendió a aterrizar mucho mejor.
Don Fito estaba cada día más orgulloso de su perro. -¡Ya estas por aprender a volar, Venancio! -le decía palmeándole la cabeza.
Y Venancio decía "arf arf" y movía la cola. Por fin un día lo mandó volando a la carnicería, que queda a dos cuadras.
-¡Hop a lo de Gorosito, Venancio! -le gritó (Gorosito es nuestro carnicero).
¡Y Venancio voló las dos cuadras!
(un poco porque era tan obediente y otro poco porque Gorosito siempre le regalaba algún hueso).
Y así fue como Venancio aprendió a volar. Al principio a todo el mundo le pareció lindo eso de que hubiese un perro volando por el barrio. Pero enseguida empezaron las quejas. Porque la verdad es que Venancio no volaba como una mariposa. Ni como un pajarito.
Más bien volaba como un almohadón desesperado.
Para empezar, era gordo.
Para seguir volaba muy rápido
Y, para terminar, le gustaba volar bajito.
Como era gordo y volaba tan rápido y tan bajito provocaba muchísimos accidentes.
Un día le arrancó el casco a un policía al cruzar la avenida y don Fito tuvo que pagar una multa.
Un sábado a la noche se chocó con la cabeza de Martinita Perez, justo cuando Martinita Perez salía de su casa vertida de novia. y toda llena de flores, para casarse con Tito Nicoletti.
Otro día se metió sin querer por la ventana del profesor Gutierrez, que estaba abierta, y se cayó encima del pastel de papas.
Pero lo peor fue el lío de la cancha. Venencio pasó volando por el campo justo en el momento en que la pelota estaba por entrar en el arco, y la pelota, en lugar de hacer gol, fue a parar a la tribuna, junto con Venancio. Los que se habían perdido el gol se pusieron furiosos y empezaron a gritarles y patearlos y a morderles las orejas a los que se habían salvado del gol.
Los que se habían salvado del gol se defendían lo mejor que podían.
-La culpa no es nuestra -decían mientras se tapaban con las dos manos las orejas-, la culpa la tiene el perro.
El barrio entero se enojó con Venancio y con don Fito, el dueño de Venancio.
-Los perros voladores son muy molestos -decían.
-¡Son peores que las moscas!
Y los chicos se ponían a saltar en la vereda y gritaban:
-¡Que-no-vuele! ¡Que-no-vuele!
Desde ese día Venancio ya no vuela tanto por el barrio.
Pero igual se sigue entrenando.
Don Fito se levanta bien temprano todas las mañanas y lo lleva a revolotear un rato por la Costanera.
-Tenés que aprender a volar más alto, Venancio -le explica. Pero no hay caso. A Venancio le gusta volar bajito. Dice "arf arf" y le da vueltas y más vueltas a don Fito alrededor de la cabeza.


“Instrucciones para elegir en un picado”, Alejandro Dolina

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos.
Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternadamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos.
Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.


“Beatriz (Una palabra enorme)” del libro “Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti.

Libertad es una palabra enorme. Por ejemplo, cuando terminan las clases, se dice que una está en libertad. Mientras dura la libertad, una pasea, una juega, una no tiene por qué estudiar. Se dice que un país es libre cuando una mujer cualquiera o un hombre cualquiera hace lo que se le antoja. Pero hasta los países libres tienen cosas muy prohibidas. Por ejemplo matar. Eso sí, se pueden matar mosquitos y cucarachas, y también vacas para hacer churrascos. Por ejemplo está prohibido robar, aunque no es grave que una se quede con algún vuelto cuando Graciela, que es mi mami, me encarga alguna compra. Por ejemplo está prohibido llegar tarde a la escuela, aunque en ese caso hay que hacer una cartilla mejor dicho la tiene que hacer Graciela, justificando por qué. Así dice la maestra; justificado.
Libertad quiere decir muchas cosas. Por ejemplo, si una no está presa, se dice que está en libertad. Pero mi papá está preso y sin embrago está en Libertad, porque así se llama la cárcel donde está hace ya muchos años. A eso el tío Rolando lo llama qué sarcasmo. Un día le conté a mi amiga Angélica que la cárcel en que está mi papi se llama Libertad y que el tío Rolando había dicho que era un sarcasmo y a mi amiga Angélica le gustó tanto la palabra que cuando su padrino le regaló un perrito le puso de nombre Sarcasmo. Mi papá es un preso, pero no porque haya matado o robado o llegado tarde a la escuela. Graciela dice que papá está en libertad, o sea está preso, por sus ideas. Parece que mi papá era famoso por sus ideas. Yo también a veces tengo ideas, pero todavía no soy famosa. Por eso no estoy en Libertad, o sea que no estoy presa.
Si yo estuviera presa, me gustaría que dos de mis muñecas, la Toti y la Mónica, fueran también presas políticas. Porque a mi me gusta dormirme abrazada por lo menos a la Toti. A la Mónica no tanto, porque es muy gruñona. Yo nunca le pego, sobre todo para darle ese buen ejemplo a Graciela.
Ella me ha pegado pocas veces, pero cuando lo hace yo quisiera tener muchísima libertad. Cuando me pega o me rezonga yo le digo Ella, porque a ella no le gusta que la llame así. Es claro que tengo que estar muy alunada para llamarle Ella. Si por ejemplo viene mi abuelo y me pregunta dónde está tu madre, y yo le contesto Ella está en la cocina, ya todo el mundo sabe que estoy alunada, porque si no estoy alunada digo solamente Graciela está en la cocina. Mi abuelo siempre dice que yo salí la más alunada de la familia y eso a mí me deja muy contenta. A Graciela tampoco le gusta demasiado que yo la llame Graciela, pero yo la llamo así porque es un nombre lindo. Sólo cuando la quiero muchísimo, cuando la adoro y la beso y la estrujo y ella me dice ay chiquilina no me estrjes así, entonces sí la llamo mamá o mami, y Graciela se conmueve y se pone muy tiernita y me acaricia el pelo, y eso no sería así ni sería bueno si yo le dijera mamá o mami por cualquier pavada.
O sea que la libertad es una palabra enorme. Graciela dice que ser un preso político como mi papá no es ninguna vergüenza. Que casi es un orgullo. ¿Por qué casi? Es orgullo o es vergüenza. ¿Le gustaría que yo dijera que es casi vergüenza? Yo estoy orgullosa, no casi orgullosa, de mi papá, porque tuvo muchísimas ideas, tantas y tantísimas que lo metieron preso por ellas. Yo creo que ahora mi papá seguirá teniendo ideas, tremendas ideas, pero es casi seguro que no se las dice a nadie, porque si las dice, cuando salga de Libertad para vivir en libertad, lo pueden meter otra vez en Libertad. ¿Ven como es enorme?.


“Vidrios rotos”, Osvaldo Soriano

La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro. Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido.
Ése fue uno de los grandes días de mi vida. Poníamos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostrador y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra!". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar.
Lo cierto es que me costaba acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.
Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demagogia. Ponía en la pluma de Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: "¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miró al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. "Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe."
Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. No le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señaló de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera."
Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían."
Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos. "No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.
Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.
-No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.
Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.
-¿Trajiste la gomera? -me preguntó.
Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.
Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.
Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y con la cara iluminada.
-Dale -me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.


Gracias por ser parte