domingo, 3 de enero de 2010

SONIDOS REVUELTOS

Hoy desandamos músicas y palabras de río
“Quién pudiera como el río, ser fugitivo y eterno.”
(Dulce María Loynaz)

Narrador Invitado: Quique Pesoa

Los sonidos que pasaron:

El pez / Alejandro Balbis
Con el río lejos / Saba-Mielgo-Condomí
Canoi / Liliana Montes
Garzas Viajeras / Coqui Ortíz
El pescador / Totó la Momposina
Los Inundados / Raul Barboza
Rio Verde / Eliseo Parra
Magia secreta / Pablo Tozzi
Outra Margem do Río / Fernanda Porto
Pan del río / Seba Ibarra
Lavanderas del río chico / QuiqueSinesi
Pasarero / Acaseca
Apurate José / Teresa Parodi
Chango de río / Willy Gonzalez Cuarteto

Las palabras que pasaron:

“Fui al río”, Juan L. Ortiz
“El Río”, Pablo Neruda
“El Río”, Julio Cortázar
“A la deriva”, Horacio Quiroga

“Fui al río” Juan L Ortiz

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
--¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

“El río” Pablo Neruda

Yo entré en Florencia. Era
de noche. Temblé escuchando
casi dormido lo que el dulce río
me contaba. Yo no sé
lo que dicen los cuadros ni los libros
(no todos los cuadros ni todos los libros,
sólo algunos),
pero sé lo que dicen
todos los ríos.
Tienen el mismo idioma que yo tengo.
En las tierras salvajes
el Orinoco me habla
y entiendo, entiendo
historias que no puedo repetir.
Hay secretos míos
que el río se ha llevado,
y lo que me pidió lo voy cumpliendo
poco a poco en la tierra.
Reconocí en la voz del Arno entonces
viejas palabras que buscaban mi boca,
como el que nunca conoció la miel
y halla que reconoce su delicia.
Así escuché las voces
del río de Florencia,
como si antes de ser me hubieran dicho
lo que ahora escuchaba:
sueños y pasos que me unían
a la voz del río,
seres en movimiento,
golpes de luz en la historia,
tercetos encendidos como lámparas.
El pan y la sangre cantaban
con la voz nocturna del agua.

“El río” Julio Cortázar

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

“A la deriva” Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar

Gracias por ser parte.

Conducción: Alejandro Simonazzi y Nicolás Falcoff.
Edición de sonido y coordinación: Mauro Saraniti.
En la producción de contendidos: Clara Zaremba, Yamila Galicer, Leo Leveroni e Iván Brandeburgo.
Locución: Liliana Daunes

Sonidos Revueltos
Sábados 20hs
Domingos 22hs
Fm La Tribu 88.7
http://www.revueltoderadio.com.ar/
http://www.sonidosclandestinos.blogspot.com/

domingo, 20 de diciembre de 2009

Somos, entre tantos ingredientes: memoria, y las marcas de esa memoria. Marcas fuertes en la piel del país que no sabemos ser, o no nos dejan ser…

En Avenida de Mayo y Chacabuco, cerca de la Plaza histórica, hay símbolos que duelen en la historia y, cada año que pasa, el dolor se carga de impunidad y bronca por lo que no supimos cambiar.

Gustavo Ariel Benedetto trabaja con sueldo de hambre como repositor en la sección verduras de un supermercado en su barrio de La Tablada. Con 23 años es sostén de su mamá y su hermana, papá había muerto de cáncer hace nueve meses. Disfruta los momentos de soledad en su habitación: los discos, el equipo de música, el banderín de River, un poster del Enzo Francescoli y la bandera de Baroja, una banda de rock duro nacida, como él, en La Tablada.

Una de las letras de la banda es de su mejor amigo, y dice: No esperes más que no hay a donde ir / Rompe la mentira que lo que falta es la verdad / Solo lucha una vez / La muerte está esperándote.

El 20 de Diciembre de 2001, Gustavo fue a trabajar como siempre, pero la amenaza de saqueos hizo que el supermercado cierre. Al mediodía volvió y fue testigo del desastre: persianas y vidrios rotos, góndolas vacías. Se subió al 126 y viajó una hora media para bajar a cien metros del lugar donde lo estaba esperando la muerte.

Gustavo Benedetto fue asesinado frente a las cámaras. Su mamá y su hermana lo vieron morir por televisión. Tenía 23 años y el sueño de salir de pobre algún día. Fue en la esquina de Av de Mayo y Chacabuco.

Hoy, los mismos que tenían que irse en esos días siguen en puja por el poder. Y es que el poder económico y mediático no ha cambiado, y es quien pone sus alfiles.

Gustavo Benedetto, Fernando Almirón, Gastón Rivas, Diego Lamagna y Luis Alberto Márquez, fueron asesinados en Plaza de Mayo el 20 de Diciembre de 2001, Otros treinta en el resto del país. Todos laburantes, humildes. Ningún ahorrista. Y no es que hubiera preferido la muerte de alguno de ellos, solo trato de pensar quien pone los muertos y quienes terminaron la protesta cuando estuvieron un poco mejor y ahora se quejan si les cortan una calle los tipos que viven igual que en Diciembre de 2001.

La marcas están allí, en Av de Mayo y Chacabuco, y en cada lugar donde se asesinó al pueblo aquél día, hay una placa que nos lo recuerda todo el tiempo. Una placa y los ojos desvanecidos de quien está muriendo y nos pide que no sea en vano. Que por favor no sumemos más olvido a nuestra historia.


Domingo 20 de Diciembre de 2009

"El vino", Eduardo Galeano

Lucila Escudero no se daba por enterada de su edad. Ya había enterrado a siete hijos y seguía mirando el mundo con ojos de recién llegada. Deambulaba por los tres patios de su cada de Santiago de Chile, tres selvitas que ella regaba cada día; desués de charlar con sus plantas, se marchaba a caminar por las calles del vecindario, sorda a sus penas y a sus achaques y a todas las tristes voces del tiempo.


Lucila creía en el Paraíso, y sabía que se lo merecería, pero se sentía mucho mejor en casa. Para despistar a la muerte, dormía cada noche en un lugar diferente. Nunca le faltaba algún tataranieto para ayudarla a correr la cama, y de oreja a oreja sonreía pensando en el chasco que se llevaría la Parca cuando viniera a buscarla.


Entonces, encendía el último cigarrillo del día, en su larga boquilla labrada, llenaba una copa de tinto del valle del Maipo y entraba en el sueño bebiendo el vino de a sorbitos, un buche por cada amén, mientras rezaba los padrenuestros y las avemarías.

Domingo 20 de Diciembre de 2009

domingo, 13 de diciembre de 2009

Durante 1928 en Venecia, Raúl Barón Biza conoce a Rosa Martha Rossi Hoffmann una bella actriz austríaca de 25 años, que usaba el seudónimo Myriam Stefford. Dos años después se casan en Venecia, dando una de las mejores fiestas según las páginas sociales de la época. Luego la pareja se instala en Argentina, alternando entre Buenos Aires y las serranías cordobesas, donde Raúl tenía una estancia de 2.200 hectáreas cerca de Alta Gracia. Ella tomó un curso de piloto y antes de terminarlo ya volaba su propio avión convirtiéndose en una de las primeras mujeres piloto de la Argentina. Lamentablemente, dos días antes de festejar su primer aniversario matrimonial, halla la muerte al estrellar su pequeño avión Chingolo II, en Marayes provincia de San Juan, mientras participaba del Raid Aéreo de las 14 Provincias.

El camino que une Alta Gracia a Córdoba es una ruta rural tranquila, vacía de pormenores. No es difícil aburrirse en ese trayecto. Pero desde muchos kilómetros antes se ve, en medio de la nada, un altísimo obelisco de granito y mármol. Tiene 82 metros de alto y una escalera caracol interior de 237 escalones. Es un fastuoso sepulcro que la pasión de Raúl hizo construir en ese campo de su familia, para la mujer que más amó. La base es una enorme cripta abovedada donde se desciende tras 30 escalones y oscuros pasadizos para llegar al sepulcro donde descansan los restos de Myriam. No hay luz eléctrica, ni linternas, ni cruz. Sobre el granito se lee: "Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas"

Todo lo que pueda saberse sobre Raúl Barón Biza resulta incierto o increíble, su vida presenta todas las condiciones para la leyenda y el mito. Nació en Córdoba en 1899 y es uno de los siete hijos del matrimonio de Vilfrid Barón y Catalina Biza, millonarios cordobeses. Fue militante radical lo que le valió la persecución, la cárcel y el deportamiento. Se batió a duelo en varias ocasiones. En Lomas de Zamora compró el casco de una fastuosa propiedad, que hoy es uno de los lugares más atrayentes de la zona. El Parque Barón de Lomas de Zamora.

Pero además, Raúl tuvo el oficio de escritor, lo que le valió las mas severas críticas, el repudio de la Iglesia, el título de amante de la pornografía y dos procesos por obscenidad. La obra ha desaparecido, material y culturalmente. Por qué me hice revolucionario, Punto Final, Todo estaba sucio, son algunos de sus libros. Pero el título más significativo de su obra es El derecho de matar (1933), que le valió el primero de los procesos por obscenidad, del que salió absuelto, mientras ya estaba en prisión por motivos políticos. Una edición de 5000 ejemplares fue secuestrada en la imprenta por la policía sin orden judicial.

Contiene un prólogo-aclaración que dice: “Lector. No quiero ni debo engañarte. No necesito tu aplauso, ni temo a tu brazo, ni me hace falta tu dinero. Estoy más allá del oro y de la fama”. Convencido el autor de que el sexo y la muerte son las relaciones sociales a las que se reducen todas las demás, el libro enseña que el poder consuma su ejercicio sobre los cuerpos de niños, de trabajadores, de prostitutas, de enfermos, de presos, y que toda liberación debe comenzar allí. Es un libro para los hijos de nadie, para los que duermen en la basura, para los que no tienen hembra, ni Dios. Un libro para los que jamás llegarán a leerlo.
En 1935 y con 36 años, Raúl contrae matrimonio en secreto con Clotilde Sabattini de 17 años, hija de su gran amigo, el prestigioso médico y dirigente radical Amadeo Sabattini. Por supuesto, este hecho determinó el fin de esa amistad.

El tiempo y los períodos de encarcelamiento del hombre, fueron desgastando el matrimonio hasta que a mediados de 1960, Raúl Barón Biza citó a Clotilde en su departamento en Buenos Aires, donde acudió acompañada por dos abogados para finiquitar los trámites de separación. Raúl sirvió whisky primero a los abogados y luego se acercó con un vaso lleno a su esposa, y sorpresivamente le arrojó el contenido en el rostro. Pero no era whisky... era ácido clorhídrico. Clotilde lanzó un grito desgarrante y Raúl huyó mientras los abogados auxiliaban a la desdichada mujer. Cuando al día siguiente la policía allanó el departamento encontró que Raúl había regresado para dispararse un tiro en la sien.

Las crónicas de la época señalan que su cadáver fue conducido a la morgue judicial, de donde no fue reclamado, motivo por el cual se le dió sepultura en el cementerio de la Chacarita. Sin embargo, hay quienes dicen que no fue así. En Alta Gracia, cerca de aquél obelisco que te conté, llama la atención la presencia de un viejo olivo rodeado por un grosero alambrado. El alambre no está por el olivo, dicen que protege el lugar donde está enterrado Raúl. Allí fueron silenciosamente llevados sus restos y sepuItados debajo de ese olivo, a metros de los de Myriam Stefford, aquel primer amor.

Historias que caprichosamente se cruzan una noche cualquiera en la radio…

"Un buen trabajo", Miguel Dorelo

Paciencia, sobre todo mucha paciencia. Ahí está la clave.
Solo esperar el momento exacto.
Estar atento al más mínimo movimiento y sobre todo, no subestimar nunca al objetivo.
Una buena herramienta de trabajo resulta imprescindible; la mejor aliada para conseguir resultados óptimos.
Gracias a Dios, lo proveían con materiales de primera; esa misma mañana se había deleitado contemplando su nuevo “juguete”: zoom 2.5-10 x, intensidad luminosa variable, cristales Hi-Resolution multitratado de catorce capas y apto para el día y la noche. Una joyita.
A través del objetivo de 50 mm. volvió a observar: un magnífico ejemplar macho, muy joven, solo. Mejor. Cuando actuaban en parejas, todo se complicaba.
Ajustó el corrector de dioptrías y aguardó.
Realmente, una cabeza magnífica, se dijo.
Estaban dadas todas las condiciones para la realización de un trabajo de primera.
Aún no…, murmuró.
Esperaría a que la luz le diera de lleno.
Siendo más joven, la ansiedad lo había llevado a cometer un par de errores que luego lamentó. No estaba dispuesto a volver a repetirlos.
Otro vistazo…
Son más inteligentes de lo que se podría suponer; casi se diría que sospecharan algo. Este en especial, calculaba cada uno de sus movimientos como si lo hubiese olfateado, aunque sabía que por la distancia a la que se encontraba, esto no era posible.
A pesar de su profesionalismo se sentía exultante, ansioso. Sabía que cuando lograra cumplir con su cometido se sentiría muy orgulloso. Su padre lo había hecho antes y en momentos como este, solía recordar las anécdotas que le contaba cuando aún era un adolescente. Hermosa época aquella en la que decidió que seguiría sus pasos.
Se estaba moviendo de nuevo, esta vez con menos precaución. Siempre terminaban por confiarse.
¡Ahora! Su dedo índice actuó casi por instinto. Un pequeño destello y aquél familiar sonido, música para sus oídos.
Estaba hecho.
Con una sonrisa a flor de labios, comenzó a desarmar el equipo.
—Buen trabajo, como siempre —lo felicitó el jefe del operativo observando el cuerpo.
Es más joven de lo que suponíamos en un principio. No se preocupe, el sujeto era menor de edad pero con un frondoso prontuario. Hablé antes con el juez y autorizó la operación: parece que entre los rehenes de la farmacia justo había una clandestina noviecita suya y no quería correr riesgos.
Váyase a su casa que yo me ocupo de todo.
Y saludos a su padre.